El miedo

Qué es el miedo

Según la psicología experimental, el miedo es una de las seis emociones primarias que existen. Las otras cinco son la alegría, la sorpresa, la ira, la tristeza y el asco.

El miedo actúa como una alarma que nos avisa, ante situaciones de peligro, con el objetivo de generar una respuesta que neutralice la amenaza.

Es una emoción desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o pasado.

Es una emoción derivada de la aversión natural al riesgo o amenaza, manifestada en todos los animales, que incluye al ser humano.

La máxima expresión del miedo es el terror.

El miedo puede aprenderse. Por ejemplo, nuestros antepasados con la experiencia aprendieron a tener miedo a los leones.

El miedo puede ser controlado por la persona que lo sufre, al contrario de lo que sucede con las fobias.

Para qué sirve el miedo

El ser humano ha logrado sobrevivir y adaptarse al medio en el que vive gracias al sistema que tiene para adelantarse a las situaciones de peligro. Así ha podido enfrentarse a las amenazas luchando o huyendo.

El miedo es solo una emoción que reacciona en función de nuestros patrones mentales, de nuestras creencias y pensamientos.

El miedo en sí mismo es positivo, dado que nos ayuda a alejarnos de un suceso para el que todavía no estamos preparados.

Cuando el miedo es un problema

El problema aparece cuando nuestras creencias e interpretaciones hacen que sintamos miedo de forma disfuncional, es decir, que lo que sucede a consecuencia de sentir ese miedo es peor que lo que sucedería si no sentimos el miedo. Por ejemplo, a veces no hacemos lo que desearíamos hacer porque tenemos miedo a lo que pueda pasar (viajar, hablar en público, iniciar un negocio…)

El miedo puede frenarnos si lo gestionamos de forma disfuncional. El miedo en sí no debería ser un problema. El problema es lo que hacemos con el miedo.

Respuesta del cuerpo ante el miedo

El miedo tiene una respuesta biológica en el cuerpo. El corazón late deprisa de forma repentina, se empieza a sudar, cuesta respirar y se produce una sensación de mareo e inestabilidad. Ante esta situación, es fácil centrar toda la atención en el miedo y generar una espiral en la que ese miedo puede llegar al pánico.

No todo el mundo tiene la misma probabilidad de sufrir estos ataques de pánico o ansiedad. Depende de varios factores, pero, si mantenemos un estilo de vida marcado por un alto nivel de preocupación, aumenta la probabilidad de generar esquemas cognitivos automáticos de peligro. Y estos esquemas favorecen una mayor vulnerabilidad a sufrir trastornos de ansiedad.

El miedo resulta útil cuando nos avisa de un peligro real. Pero si nos preocupamos por cosas improbables, incontrolables o inciertas, no solo la situación no será eficaz, sino que pueden aparecer efectos secundarios no deseados.

Cómo enfrentarse al miedo

Algunas ideas para enfrentarse al miedo con éxito son las siguientes:

  • Reconocer lo que provoca el miedo y aceptarlo.
  • Enfrentarse al miedo, no intentar anularlo.
  • Racionalizar el miedo.
  • Empezar enfrentándose a los miedos poco intensos.
  • Proponerse pequeños pasos.
  • No evitar las situaciones u objetos que provocan el miedo.
  • Orientarse en las soluciones.
  • Visualizar el proceso.
  • Buscar la ayuda de un profesional, si no se puede conseguir por sí mismo.

La fobia

La fobia se diferencia del miedo en los siguientes aspectos:

Una fobia es un temor irracional hacia cosas, situaciones, personas o pensamientos.

Una fobia no es una emoción primaria.

La fobia es un trastorno psicológico que puede ser tratado clínicamente.

La fobia generalmente carece de justificación, aunque en algunos casos puede ser desencadenada por experiencias traumáticas.

La fobia no puede ser controlada y puede llegar a impedir que la persona desarrolle su vida con normalidad.

Clases de fobias

Existen varias clases de fobias:

  • A animales.
  • A elementos de la naturaleza.
  • A daños.
  • A situaciones muy concretas.
  • Otros.

Fobias más habituales

Algunas de las fobias más habituales son las siguientes:

  • Aracnofobia. Miedo a las arañas.
  • Hematofobia. Miedo a la sangre.
  • Acrofobia. Miedo a las alturas.
  • Aerofobia. Miedo a volar en aviones.
  • Claustrofobia. Miedo a los espacios cerrados.
  • Agorafobia. Miedo a los espacios abiertos.
  • Amaxofobia. Miedo a conducir.
  • Necrofobia. Miedo a la muerte.

Fobias curiosas

Algunas fobias curiosas podrían ser las siguientes:

  • Coulrofobia. Miedo a los payasos.
  • Turofobia. Miedo al queso.
  • Hexakosioihexekontahexafobia. Miedo al número 666.
  • Crematofobia o Crometofobia. Miedo al dinero.
  • Somnifobia. Miedo a dormir.
  • Triscaidecafobia. Miedo al número 13.
  • Hilofobia. Miedo a los árboles.
  • Nomofobia. Miedo a dejarse el móvil en casa.

Parece que existe una fobia para casi cualquier cosa o situación.


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Las bibliotecas siempre me recuerdan que hay cosas buenas en este mundo”.

Laura Ward. Cantante y actriz estadounidense.

Resiliencia

La resiliencia es la capacidad que tienen las personas para afrontar, adaptarse y recuperarse frente a las dificultades, el estrés o las adversidades. Resulta ser una especie de fuerza interior que nos ayuda a seguir adelante, incluso cuando las cosas se ponen difíciles. Tener resiliencia no significa que no sintamos miedo o tristeza, sino que podemos gestionar estas emociones y seguir adelante con esperanza y determinación.

Origen del concepto de resiliencia

El primer autor que empleó el término resiliencia fue John Bowlby, pero fue Boris Cyrulnik, psiquiatra, neurólogo y psicoanalista, quien dio a conocer el concepto de resiliencia en el campo de la psicología y lo hizo mediante el libro “Los patitos feos”.

Todas las personas, a lo largo de nuestra existencia, nos enfrentamos, desgraciadamente, a momentos difíciles, a complicaciones, a situaciones tensas que conllevan dolor y tristeza emocional como, por ejemplo, la pérdida de un ser querido, una separación conyugal, un despido laboral, una enfermedad, un accidente… Estas son situaciones traumáticas que podemos llegar a sufrir.

Para llegar a ser una persona con resiliencia resulta muy importante aprender a identificar, aceptar y gestionar las emociones. Y en este proceso juega un papel clave la interpretación o valoración que hacemos de las situaciones que vivimos, ya que nuestra reacción emocional normalmente derivará de esta interpretación.

La práctica de la resiliencia

La resiliencia no es una calidad innata, no está impresa en nuestros genes. En cambio, sí que es una calidad que podemos desarrollar a lo largo de nuestra vida.

Para intentar contrarrestar, de algún modo, los efectos de estos hechos traumáticos, sería bueno que desde la infancia aprendiéramos a desarrollar nuestra capacidad de superación, para estar preparados y poseer las herramientas emocionales y cognitivas necesarias que puedan ayudarnos a afrontar las malas experiencias.

Los pilares de la resiliencia

Fortalecer la propia capacidad de resiliencia es un proceso que nos puede ayudar a afrontar mejor los desafíos de la vida. Son factores que conviene aprender a utilizar para que se conviertan en pilares en los que se fundamentará nuestra capacidad de resistencia.

Algunos pilares de la resiliencia son los siguientes:

  • Competencia social. Es la habilidad para comprender a otras personas, facilidad para hacer amistades y relacionarse socialmente.
  • Resolución de problemas. Aprendiendo a pensar de forma reflexiva y flexible se pueden llegar a solucionar mejor los conflictos.
  • Autonomía. Desarrollar un sentido de distanciamiento personal nos abastece de un espacio protector para el desarrollo de nuestra autoestima.
  • Sentido de propósito y futuro. En momentos de dificultades, conviene tener expectativas positivas y tener claros los objetivos que nos orienten hacia la consecución de proyectos.
  • Ambiente familiar y social. Un contexto de cariño, respeto y apoyo familiar nos provee de confianza y seguridad y contribuyen a fomentar nuestra integridad personal y nuestra autoestima.
  • Bienestar emocional. Permitirse sentir y expresar las emociones.
  • Actitud positiva. Enfocarse en las soluciones y en lo que se puede controlar.
  • Red de soporte. Rodearse de personas que apoyen.
  • Aprender de las dificultades. Un desafío es una oportunidad para crecer y aprender.
  • Autocuidado. Dormir bien, comer saludable y hacer ejercicio ayudan a mantenerse fuerte, tanto física como emocionalmente.
  • Flexibilidad. A veces las cosas no son como planeamos.
  • Metas realistas. Para no sentirse abrumado/a.

Características de las personas con resiliencia

Algunas características que poseen las personas resilientes son las siguientes:

  • Son conscientes de sus potencialidades y sus limitaciones.
  • Son creativas.
  • Son empáticas.
  • Confían en sus capacidades.
  • Asumen las dificultades como una oportunidad para aprender.
  • Practican el mindfulness o conciencia plena.
  • Ven la vida con objetividad, pero siempre a través de un prisma optimista.
  • Se rodean de personas que poseen una actitud positiva.
  • No intentan controlar las situaciones, sino sus emociones.
  • Son flexibles frente a los cambios.
  • Son tenaces en sus propósitos.
  • Afrontan la adversidad con sentido del humor.
  • Buscan la ayuda de otras personas y el apoyo social.

Conclusión

La resiliencia debe ser un medio que debemos aprender y que, de alguna forma, nos ayudará a gestionar de una manera más eficiente los acontecimientos adversos que, desgraciadamente, la vida nos traerá.


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Las bibliotecas son motores del cambio social”.

Gloria Pérez-Salmerón (nacida en 1958). Bibliotecaria española

Pensamiento crítico

Pensamiento

El pensamiento es el producto de la mente en el acto de pensar, esto es, las construcciones mentales elaboradas fruto de la actividad del cerebro. El objetivo básico del pensamiento es dotar de significado al mundo exterior y uno mismo, manipulando la información. La inteligencia es la habilidad personal para pensar de forma más efectiva. Cuando se habla de pensamiento, por lo general se hace referencia a cualquier actividad intelectual o mental.

Componentes del pensamiento

Los más importantes son los siguientes:

  • Percepción. Es la ordenación que hace el cerebro de lo que le llega mediante el mundo exterior por la vista, el oído, el tacto, el olfato o el gusto.
  • Memoria. Permite almacenar pensamientos bajo la forma de recuerdos y recuperarlos cuando es necesario.
  • Conciencia. Es la sensación de ser un sujeto y estar despierto para poder pensar.
  • Emociones. Estas influyen a la hora de formular un pensamiento. El sentimiento se almacena junto al recuerdo y permite la transformación posterior del mismo.

Pensamiento crítico

Es un tipo concreto de pensamiento que analiza la validez de los razonamientos que se consideran verdaderos.

Es un proceso cognitivo complejo que implica el análisis objetivo y la evaluación de la información, para poder formar un juicio propio. Lo que hace falta es examinar activamente la información, cuestionando su validez.

Se basa en valores intelectuales que tratan de ir más allá de las impresiones y opiniones particulares, por lo que requiere claridad, exactitud, precisión, evidencia y equidad.

El pensamiento crítico en la actualidad

Hoy en día, en la era de la información (que a menudo parece la era de la desinformación) y de las noticias falsas (fake news), cada vez resulta más importante el pensamiento crítico. Se ha convertido en una habilidad esencial para poder enfrentarnos con garantías a un alud constante de datos y opiniones.

Cómo desarrollar el pensamiento crítico

El desarrollo del pensamiento crítico es un proceso continuo que requiere práctica y esfuerzo. Es necesario desarrollar una actitud que permita la entrada de más información y permita detenerse a pensar.

Son fundamentales las siguientes características:

  1. Cultivar la curiosidad. Se debe tener una natural curiosidad y motivación por avanzar en el mismo conocimiento sobre una materia. La única forma de evitar tener un conocimiento básico sobre algo es estudiar hasta alcanzar el nivel de entendimiento necesario antes de realizar cualquier juicio.
  2. Desarrollar la observación. Resulta imprescindible estar atento a los detalles, que son los que nos ayudarán a discernir entre la verdad y la mentira.
  3. Tener un escepticismo sano. Hay que cuestionarnos la información que recibimos, no aceptarla, en un primer momento, como verdadera, sin antes pasarla por el cedazo del pensamiento crítico.
  4. Mantener la mente abierta. Dar la oportunidad a todos los puntos de vista diferentes y después razonar sobre cada uno de ellos.
  5. Analizar la información. Desglosarla en partes e identificar las principales ideas, argumentos y conclusiones.
  6. Mantener la humildad intelectual. Significa poder ser capaz de dar una oportunidad a las opiniones y nuevas pruebas o argumentos, incluso si estas pruebas o pesquisas nos llevan a descubrir defectos en nuestras propias creencias.
  7. Estimular la creatividad. Fomentar la generación de ideas originales y la búsqueda de soluciones innovadoras.
  8. Practicar la reflexión. Dedicar tiempo para reflexionar sobre tus propias ideas, acciones y decisiones.

Habilidades del pensamiento crítico

Las habilidades más importantes del pensamiento crítico son las siguientes:

  • Análisis. Desglosar la información en partes para su mejor comprensión.
  • Interpretación. Dar sentido a la información y comprender su significado.
  • Evaluación. Juzgar la credibilidad y validez de la información.
  • Inferencia. Sacar conclusiones lógicas basadas en la evidencia.
  • Explicación. Comunicar las ideas de forma clara y concisa.
  • Resolución de problemas. Identificar problemas, generar soluciones y evaluar su efectividad.
  • Toma de decisiones. Evaluar las distintas opciones y elegir la mejor alternativa.

Beneficios del pensamiento crítico

Algunos podrían ser los siguientes:

  • Permite tomar decisiones fundamentadas, al analizar y evaluar cuidadosamente la información disponible.
  • Evita decisiones apresuradas basadas en suposiciones.
  • Mejora la resolución de problemas al abordar las situaciones desde distintos ángulos y considerar múltiples soluciones potenciales.
  • Fomenta una comunicación más efectiva, puesto que promueve el análisis claro de ideas y la habilidad para escuchar y comprender diferentes perspectivas.

Lo que el pensamiento crítico no es

Una vez explicado lo que es el pensamiento crítico, también es importante resaltar lo que no es. Porque el pensamiento crítico:

  • No es pensar negativamente.
  • No trata de que las personas piensen de la misma forma.
  • No trata de cambiar la propia personalidad.
  • No es una creencia.
  • No reemplaza o minimiza los sentimientos o emociones.
  • No favorece ni representa específicamente a la Ciencia.
  • Sus argumentos no son necesariamente siempre los más persuasivos.

Enseñanza del pensamiento crítico

La búsqueda del pensamiento libre es una actividad constante. Por tanto, el aprendizaje es el primer espacio para defender la diversidad, la igualdad y, en definitiva, la democracia.

Si la enseñanza es el espacio donde desarrollar el pensamiento crítico, y el aprendizaje es una actividad que dura toda una vida, existen problemas que habría que afrontar hoy en día dentro y fuera del aula.

Y para hacerlo más ameno, habría que encontrar herramientas atrevidas con las que enfocar esta enseñanza. Incluso habría que cuestionarnos como hemos aprendido hasta ahora, cuestionar los referentes y cuestionar el complejo equilibrio que nos permite enseñar, valorar y aprender.

Conclusión

El pensamiento crítico es una habilidad que se desarrolla con la práctica constante y que nos permitirá tomar decisiones más informadas, resolver problemas de forma más efectiva y navegar por el mundo con mayor confianza.

Las informaciones contrastadas, que poseen datos verificables y que son fruto de un análisis crítico, resultan mucho más valiosas que aquellas informaciones no contrastadas, superficiales y que no son fruto de ningún tipo de análisis crítico.


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Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo”.

Proverbio árabe

Ignorancia

De forma simple, se podría decir que la ignorancia consiste en no saber o no conocer algo. Pero la realidad es que va más allá, mucho más allá.

Las decisiones que se toman desde una ignorancia no reconocida suelen ser erróneas y pueden provocar efectos negativos para las personas. Porque todavía existe algo peor que la ignorancia, es no reconocer la propia ignorancia. Me refiero, sobre todo, a la ignorancia en un determinado tema. Porque todas las personas son ignorantes en alguno o algunos temas. No hay nadie que sepa de todo. Un gran problema es no admitirlo, o no querer admitirlo. Sin embargo, admitirlo es una gran virtud que puede llegar a evitar muchos problemas.

Frases sobre la ignorancia

Existen muchas frases célebres sobre la ignorancia. Por ejemplo, suele decirse que “la ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”. Otro ejemplo es la frase de Aristóteles: «El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona». Estas frases muestran la peligrosidad de la ignorancia no reconocida. Faltaría saber si no se reconoce porque no quiere reconocerse o no es así.

Una frase muy vehemente es la siguiente: «En Egipto, a las bibliotecas se las llamaba el tesoro de los remedios del alma. En efecto, curábase en ellas de la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y el origen de todas las demás». Esta frase la dijo Jacques-Bénigne Bossuet (1627-1704), filósofo e intelectual francés.

Si una persona no sabe que es ignorante en un tema, será porque se piensa que sabe mucho de ese tema y, si es así, cuando tenga que tomar una decisión sobre aquella temática no pedirá ayuda a nadie, dado que piensa que sabe. En cambio, cuando una persona sabe o reconoce que ignora muchas cuestiones de un determinado tema, cuando tenga que tomar una decisión relacionada con ese tema, en la mayoría de ocasiones buscará asesoramiento experto. Aquí radica la importancia de reconocer o no la ignorancia en un tema determinado.

Pero la frase más popular sobre la ignorancia, aunque no la cita de forma textual, debe ser la de Sócrates: “Solo sé que no sé nada”. Aceptando que nada sabe, está aceptando que posee ignorancia. Aunque la frase es absolutamente exagerada, se entiende lo que quería decir, el énfasis que quería poner en que todo el mundo es ignorante en muchas materias y que debemos asumirlo. No pasa nada por asumir que no se sabe algo. Y esto lleva a aceptar la ayuda de otras personas que saben más que nosotros de ese tema.

La tecnología y la ignorancia

Vivimos en una era en la que tenemos todo el conocimiento en nuestras manos. En Internet tenemos toda la información que necesitamos e incluso más. O esto es lo que parece y lo que podría llevarnos a creer que no necesitamos ayuda para nada, porque tenemos todo el conocimiento a nuestro alcance. Pero no basta con tener al alcance todo el conocimiento, porque este conocimiento debe aprenderse, interiorizarse, ponerse en práctica… Leyendo un manual de internet sobre mecánica no nos convertiremos, de la noche a la mañana, en una persona experta en mecánica. No es tan sencillo. Para ser expertas en la materia, además de leer mucho sobre esta cuestión, deberemos, por ejemplo, practicar mucho. No es lo mismo leerlo y creer que lo hemos entendido, que ponerlo en práctica.

Además, debemos tener presente que todo lo que hay en internet no tiene por qué ser verdad. Lo que leemos en las páginas web y en las redes sociales puede ser verdad o puede ser mentira. Antes de dar como verdadero lo que estás leyendo, deberías pasarlo, entre otros, por el cedazo de la lógica. Y también debería intentarse contrastar. No solo las personas que trabajan informando, sino también el resto de personas que leemos por internet, deberíamos tener presente que la base para saber si cualquier información es real es, ante todo, intentar contrastarla. Esta es la única manera de no fomentar mentiras, de no dar alas a informaciones no reales.

La facilidad con la que, hoy en día, se puede divulgar información por internet, es mucho mayor de la que podía difundirse hace algunos años. Y esta herramienta, que, en principio, puede dar la sensación de ser una herramienta democrática, dado que casi todo el mundo tiene acceso a internet, al fin y al cabo, no lo es. Porque en la realidad no todas las informaciones son igualmente válidas. Las informaciones contrastadas, que poseen datos verificables y que son fruto de un análisis crítico, resultan mucho más valiosas que aquellas informaciones no contrastadas, superficiales y que no son fruto de ningún tipo de análisis crítico.

Ignorancia supina

La ignorancia es aún más grave cuando esta puede calificarse como supina, es decir, que procede de negligencia al aprender o inquirir lo que se puede y debería saberse. Es decir, que se trata de una ignorancia fruto de la falta de interés por aprender, cuando se ha tenido poco o nada de interés por eliminar la ignorancia.

Conclusión

La mejor noticia sobre la ignorancia es que tiene cura. Y esta no es otra que intentar aprender. Sin embargo, incluso cuando no podemos aprender, tenemos otra herramienta a nuestro alcance que es la contrastación de la información para saber si es verdadera.


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En Egipto, a las bibliotecas se las llamaba el tesoro de los remedios del alma. En efecto, curábase en ellas la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y el origen de todas las demás”.

Jacques-Bénigne Bossuet (1627-1704). Filósofo e intelectual francés

Mentir

Algunas definiciones de mentir son las siguientes:

Es el hecho de comunicar mentiras.

Es decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, se cree, se piensa o se siente.

Es decir algo que no es cierto con la intención de engañar.

Mentira

La mentira, en términos generales, es la ausencia de la verdad.

La mentira puede proceder de importantes factores como el estrés, la angustia, el dolor y la baja autoestima. Y puede derivar en perder la moral y aumentar nuestro estado interno de angustia. La solución es decir siempre la verdad, aunque nos duela.

Clases de mentiras

Existen diversas clasificaciones de las mentiras. Una es la siguiente:

  1. Mentiras blancas. Son pequeñas falsedades que se dicen para no herir los sentimientos de alguien.
  2. Mentiras piadosas. Son similares a las mentiras blancas, pero tienen la intención de proteger a alguien de una verdad dolorosa.
  3. Mentiras maliciosas. Son más perjudiciales y se dicen con la intención de perjudicar a alguien o manipular una situación.
  4. Mentiras por omisión. Son cuando se omite información importante, lo que puede llevar a una interpretación errónea de la verdad.
  5. Grandes mentiras. Son afirmaciones completamente falsas y que pueden tener un impacto significativo, como las que se emplean en fraudes o engaños.

Según San Agustín (escritor, teólogo y filósofo cristiano), existen ocho clases de mentiras:

  1.  Mentiras en la enseñanza religiosa.
  2.  Mentiras que duelen y no ayudan a nadie.
  3.  Mentiras que duelen y sí ayudan a alguien
  4.  Mentiras que surgen por el placer de mentir.
  5.  Mentiras dichas para complacer a otras personas.
  6.  Mentiras que no duelen y ayudan a alguien.
  7.  Mentiras que no duelen y pueden salvar la vida de alguien.
  8.  Mentiras que no duelen y protegen la “pureza” de alguien.

Por otro lado, Santo Tomás de Aquino (teólogo, filósofo y jurista católico) distinguió tres clases de mentiras:

  1.  Mentiras útiles.
  2.  Mentiras humorísticas.
  3.  Mentiras maliciosas.

Según Santo Tomás de Aquino, las tres clases de mentiras son pecado. Las mentiras útiles y las humorísticas serían pecados veniales, mientras que las mentiras maliciosas serían pecado mortal.

Mitomanía

La mitomanía, o adicción de las personas a mentir, es un trastorno psicológico también conocido como mentira patológica o pseudología fantástica.

El término mitomanía proviene del griego y está formado por “mitos”, que significa ficción, historia fantástica, y por “manía”, que indica compulsión, conducta caprichosa.

La mitomanía tiene lugar cuando una persona miente mucho para conseguir atención o para evitar castigos. Una persona que sufre mitomanía también se puede llamar mentirosa compulsiva.

Además de la conducta repetitiva de mentir, las personas que sufren este trastorno pueden presentar también otros síntomas, como los siguientes:

  • Ansiedad.
  • Baja autoestima.
  • Dificultades para relaciones sociales.
  • Dificultad para dejar de mentir.
  • Satisfacción cuando alcanza su objetivo gracias a mentir.

Clasificación de la mitomanía

Según las personas expertas, la mitomanía se puede clasificar en tres grupos:

  • Teoría biológica. El cerebro de una persona mentirosa es diferente. Tiene mayor sustancia blanca en la corteza prefrontal.
  • Teoría social. La mentira está asociada a algún trastorno de la personalidad.
  • Teoría psicoanalítica. Aquellas personas que mienten sobre su identidad por una mala construcción de ella durante la infancia.

Es importante discernir que no es lo mismo una persona mentirosa que una persona que sufre mitomanía. Mientras que una persona mitómana dice mentiras de forma compulsiva, la persona mentirosa lo hace de manera ocasional.

Detección de la mitomanía

Para detectar si una persona sufre mitomanía, podemos fijarnos en ciertos signos y conductas que pueden servir como indicio:

  1. La frecuencia y la naturaleza de las mentiras. La persona miente de manera frecuente, incluso cuando no hay razón clara para hacerlo.
  2. La consistencia en las historias. Las historias que cuenta suelen ser inconsistentes. Los detalles cambian con el tiempo y se pueden contradecir.
  3. La motivación tras las mentiras. En muchos casos, la persona miente por hábito, no siempre para obtener un beneficio.
  4. La reacción cuando se descubre una mentira. La persona puede responder con más mentiras para cubrirse o reaccionar a la defensiva.
  5. La autopercepción y el reconocimiento: Muchas personas con mitomanía no son conscientes de estar mintiendo, o no reconocen el alcance de sus mentiras.
  6. El impacto en las relaciones. Las mentiras repetidas pueden perjudicar a las relaciones personales y laborales.
  7. Las consecuencias emocionales y psicológicas. La persona puede sentir culpa, vergüenza o ansiedad; aunque no siempre es así.

Tratamiento de la mitomanía

Como cualquier trastorno psicológico, el primer paso para poder tratarlo es que la persona lo acepte y busque ayuda. Normalmente, una persona que sufre mitomanía no reconoce que mentir de forma compulsiva sea un problema. El tratamiento pasa por acudir a un/a profesional en psicología.

Conclusión

Es importante remarcar que, aunque en ocasiones las mentiras pueden parecer inofensivas, la honestidad suele ser la mejor política en las relaciones y la comunicación.


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Si esperara la perfección, nunca escribiría una palabra”.

Margaret Eleanor Atwood (nacida en 1939). Poetisa, novelista y profesora canadiense.

Adicción

Una adicción es una inclinación, una obsesión o una dependencia física o psicológica excesiva. Y esa adicción puede ser, básicamente, a una cosa o a una sustancia.

Existen adicciones muy diversas. Una persona puede ser adicta a casi cualquier cosa o a cualquier sustancia. Basta con tener una tendencia a depender de aquello, es decir, que sin eso no puede pasar.

Las adicciones más habituales, por ser más mayoritarias, podrían ser las siguientes:

– A las drogas (cannabis, cocaína, heroína…).

– Al tabaco.

– Al alcohol.

– Al juego.

– A los videojuegos.

– Al sexo.

– Al ordenador.

– A comer o a no comer.

Algunas adicciones tienen su propio nombre, por ejemplo, la adicción al juego se llama ludopatía; a las drogas, drogadicción, al tabaco, tabaquismo; al alcohol, alcoholismo…

Cabe decir que una adicción puede ser más o menos importante en función de la cantidad que se consume de forma habitual.

Características de la adicción

La característica principal de una adicción es que la persona adicta no se puede estar de consumir ese producto. Quien no es adicto a nada puede pensar: “No hay para tanto. Si lo único que debe hacer es no consumir eso y el problema está solucionado”. Pues sí, la solución es esta, no consumir más ese producto. Y parece una solución bastante sencilla, al menos en principio; porque cuando se quiere llevar la teoría a la práctica todo cambia, y lo hace de forma drástica.

¿Pero por qué resulta tan difícil llevar a la práctica dicha solución teórica? Pues porque la adicción, como se ha definido en un principio, produce una dependencia física o psicológica. Y esa dependencia precisamente es la que evita que se pueda solucionar el problema dejando de consumir. Porque lo que más cuesta es precisamente “dejarlo”. Este es el problema principal. La que podría ser la gran solución resulta, al mismo tiempo, que es el gran problema: dejar de consumir.

El síndrome de abstinencia

Si dejar de consumir la sustancia o cosa a la que una persona es adicta fuera tan fácil, las adicciones se curarían enseguida. Pero no es así. Porque cuando una persona deja de consumir no es que lo deje y ya está, no, no es así. Cuando se deja de consumir, al cabo de un tiempo aparece la peor pesadilla de una persona adicta: el síndrome de abstinencia. ¿Y qué es esto? Pues es lo que evita que se pueda dejar la adicción con facilidad. En otras palabras, el síndrome de abstinencia es un conjunto de reacciones, que pueden ser tanto físicas como mentales, que sufre la persona adicta cuando deja de consumir la cosa o la sustancia. Al parecer, los síntomas exactos varían en función de la sustancia o cosa de que se trate y del tiempo que haga que se consume.

Síntomas del síndrome de abstinencia

La mayor parte de personas adictas presentará, en primer lugar, un deseo irrefrenable de consumir esa cosa o sustancia. Además, puede presentar irritabilidad, cambios en el carácter, dificultad para concentrarse…

En función de la sustancia adictiva, los síntomas pueden ser:

  • Adicción al alcohol: escalofríos, temblor, debilidad, náuseas, cefalea, deshidratación…
  • -Adicción al tabaco (a la nicotina): irritabilidad, tensión, dolor de cabeza, problemas de concentración, aumento del apetito (con el efecto secundario de aumento de peso)…
  • Adicción a los narcóticos (morfina, heroína): respiración agitada, sudoración, sensación de alerta, hiperactividad, fiebre, aumento del ritmo cardíaco, pupilas dilatadas…
  • Adicción a los ansiolíticos: debilidad, malestar general, temblores, depresión, insomnio, delirio, alucinaciones…
  • Adicción a las anfetaminas: cansancio, somnolencia, inquietud, nerviosismo, depresión, delirios, alucinaciones…

Porque se produce el síndrome de abstinencia

El síndrome de abstinencia no se presenta porque sí, sino que tiene una explicación. Al parecer, los componentes que contienen ciertas sustancias como el alcohol o el tabaco actúan en el sistema nervioso, creando la dependencia hacia estas sustancias. El organismo se adapta a la presencia habitual de estas sustancias y cree que solo puede funcionar con normalidad con ellas, es decir, que cree que no puede estar sin ellas.

¿Se puede evitar que estas sustancias afecten al sistema nervioso de esta forma? Pues no. La única forma sería no empezar a consumir estas sustancias o cosas.

¿El síndrome de abstinencia tiene solución?

Si ya se ha empezado a consumir, existen tratamientos médicos que pueden facilitar el abandono de estas sustancias sin experimentar el síndrome de abstinencia. Estos tratamientos se basan, sobre todo, en terapia psicológica o en la ayuda de algunos fármacos y se llaman tratamientos de desintoxicación, cuya finalidad es que la persona se desintoxique (se desenganche) de aquella sustancia o cosa.

Conclusión

La mejor manera en que una persona puede evitar convertirse en adicta a una cosa o sustancia sería no empezar a consumirla o, si no es posible, consumirla en pequeñas dosis, en la menor dosis posible. Porque una vez se es una persona adicta, aunque se puede salir adelante, no siempre resulta sencillo. Y siempre dependerá de la cantidad de sustancia y del tiempo que haga que es una persona adicta.


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Las bibliotecas son tan importantes que deberían estar por todas partes, como las farmacias”.

Gloria Fuertes (1917-1998). Poetisa española.

Venganza

De la venganza se dice que es un plato que se sirve frío. Esta frase significa que si quieres vengarte es mejor no hacerlo enseguida, sino que debes prepararte la venganza con tiempo para poder realizarla bien.

Cabe decir que en esta publicación no se justifica la venganza, ni mucho menos, solo se comenta su existencia.

Subjetividad de la ofensa

La venganza no es más que la respuesta a una ofensa recibida, la cual ha sido percibida como tal por la persona que la ha recibido. Lo que no se sabe es si la otra persona, que ha realizado la supuesta ofensa, la ha percibido como tal. En muchas ocasiones tengo la sensación de que no es así, de que la persona que ha cometido la ofensa no se ha dado cuenta, o no ha querido darse cuenta, de que la ha cometido. Por ejemplo, cuando una persona comete acoso escolar sobre otra persona, a menudo ni se dará cuenta de que lo que está haciendo es ofender a la otra persona; quizás ella lo percibe como un simple juego o como una forma normal de comportarse. Insultar a aquella persona, hacerla quedar mal delante del resto de compañeros, quitarle el bocadillo, vejarla de diferentes maneras… Todo esto la persona agresora puede percibirlo como circunstancias normales dentro de las relaciones interpersonales.

Lo mismo podría decirse en el caso de agresiones, sean físicas o sexuales. El agresor quizás no es que no se dé cuenta, simplemente no piensa que lo que está haciendo está mal hecho.

¿Qué lleva a una persona a querer vengarse?

Aquí radicaría el quid de la cuestión. Porque no todas las personas que reciben una ofensa se vengan de la persona que las ofendió. Hay muchas que no hacen nada, ya sea porque no se atreven, por temor a represalias, por vergüenza a que otras personas se enteren… El resto de víctimas, las que sí se vengan, supongo que lo hacen porque en su interior no pueden soportar la ofensa recibida, es más fuerte el sentimiento de venganza. Faltaría saber si existe un prototipo de personas que suelen vengarse.

La venganza como solución

Sea como fuere, aunque a veces pueda parecerlo, la venganza no es la solución. Pero las personas que han sido ofendidas o agredidas pueden percibir la venganza como la única forma de reponerse del daño recibido.

En un primer momento, el simple hecho de pensar en la venganza y en los detalles de cómo llevarla a cabo, puede que calme de algún modo la sed de venganza. En muchas ocasiones, la situación no pasará de un pensamiento que nunca acabará llevándose a la práctica.

Vuelvo a repetir que la venganza nunca es la solución. Lo que hay que hacer es denunciar el daño recibido. Si se trata, por ejemplo, de acoso escolar, primero a la dirección del centro y si no se recibe el caso merecido, a otras instancias. Si se trata de acoso laboral, a la dirección de la empresa o a las personas que actualmente están designadas en todas las empresas para tales circunstancias. Si es una agresión física o sexual, a las autoridades policiales.

Pero, ¿y si la persona agredida percibe como única opción la venganza? Podría intentar mitigar ese impulso denunciando el acto. Y si no es suficiente, puede acudir a una persona experta en psicología y, a poder ser, especializada en estos temas, para que le ayude a gestionar la situación y los pensamientos de venganza.

La intencionalidad

La subjetividad, la percepción de la persona que se siente ofendida, puede ser muy distinta a la intencionalidad de quien ha ofendido. Puede darse el caso de que quien ha dicho o hecho aquello no tenía ni la menor intención de ofender. ¿Significa esto que la persona ofendida debe perdonar la ofensa y dejarlo estar? No siempre. Porque no siempre la intencionalidad influirá en la respuesta de la persona ofendida. Porque, por ejemplo, una agresión, aunque la intención no fuera agredir, no deja de ser una agresión. Todo esto queda en un segundo plano cuando la ofensa resulta verídica y objetiva.

Conclusión

En todos los casos de ofensa o agresión, el primer paso a seguir podría ser ponerse en manos de personas expertas que puedan ayudar.


Las bibliotecas públicas son espacios democráticos en los que se pueden nivelar las desigualdades”.

Irene Vallejo Moreu (nacida en 1979). Filóloga y escritora española.


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Hacer un favor

Hace tiempo leí una frase sobre el hecho de hacer un favor que me quedó grabada en la mente. Lo que no recuerdo es ni dónde la leí ni quién la había dicho o a quién se le atribuía. La frase en cuestión venía a decir que nunca debe hacerse un favor, ni siquiera a una amistad. Valga decir que se trata de una frase al menos un poco atrevida, la cual intentaré analizar a continuación.

Primeramente, la frase puede resultar extraña, dado que, en principio, siempre resulta agradable poder hacer un favor a una persona que lo necesita, quizás aún más si se trata de una amistad.

Tal vez la frase se refería a hacer un favor a alguna clase de personas. Si así era, quizás tenía razón. Porque, desgraciadamente, existen personas que más que decir que no se les debe hacer favores, habría que decir que quizá no se los merecen.

De caso aislado a costumbre

La frase quizás quería decir que si haces un favor a ciertas personas, estas tal vez se lo tomarán como una costumbre, más que como un caso aislado, que es lo que era en un principio. Y, a partir de ese momento, siempre que esa persona lo quiera o lo necesite, tendrás la obligación de hacerle un favor.

En este apartado existen dos grupos de personas:

  1. El primer grupo está formado por personas que te pedirán el favor de la forma más fría posible, sin darte ni las gracias, dado que, como he comentado, es tu obligación. Es como si desde ese maldito instante en que le hiciste el primer favor, aquella persona hubiera obtenido un derecho que le da permiso para pedirte favores, cómo y cuándo quiera.
  2. El segundo grupo de personas te pedirá el favor igualmente, pero al menos lo hará con cierta educación y gratitud. Te dirá frases como: «Esa vez me ayudaste mucho», «tú lo sabes hacer muy bien», «no sé qué haría sin ti», «es que en ti puedo confiar»… Al fin y al cabo, le acabas haciendo el mismo favor que a las personas del primer grupo, pero, al menos, te lo agradecen.

La costumbre de pedir

Existen algunos grupos de personas a los que puede resultar peligroso, por así decirlo, hacerles favores. Por ejemplo, existe la típica persona que va por el mundo pidiendo un favor, en forma de dinero, aunque a menudo en cantidades pequeñas, a casi todo el que se cruza en su camino. Son personas a las que todo el mundo conoce y está al corriente de esta costumbre. Lo que sucede es que ya te ha pedido en alguna ocasión y tú no le has querido dejar dinero; pero un día, quizás porque te ha hecho lástima, tal vez porque solo te ha pedido una pequeña cantidad, quizás porque… No sabes muy bien por qué razón, pero le acabas dejando esa pequeña cantidad. Conclusión: Ya la has pifiado. Basta con hacerlo una vez, una única vez, para pasar a formar parte del pequeño núcleo de personas que ya sabe que le pueden dejar dinero. Y una vez has pasado a formar parte de ese club resulta muy difícil salir de él. Basta con hacerlo una sola vez para verte “obligado”, a partir de ese momento, a hacerlo de vez en cuando, cuando esa persona quiera, porque ya te ha atrapado en su red de víctimas consumadas. Y para que le sigas dando, a menudo empleará alguna técnica, desde intentar encontrar un tema en común que os guste a ambos del que poder hablar, hasta decirte que te los devolverá en breve… Porque habría que tener presente que cuando he comentado que le “dejas” dinero, en realidad me refería a que le “das” dinero; porque ya puedes tener por seguro que ese dinero, poco o mucho, el que sea, ya no lo verás más. La falacia de que te lo devolverá te la puedes creer o no, esto ya forma parte de la inocencia de cada persona.

Y existe una cuestión que siempre me he preguntado, y es que no sé si estas personas realmente necesitan el dinero o si se trata de una costumbre que no pueden dejar de hacer, como si de una adicción se tratara.

Saber pedir un favor

Al contrario de las personas que forman parte de los grupos mencionados anteriormente, existen personas a las que les cuesta mucho pedir un favor. A veces es por vergüenza, en algunas ocasiones es por falta de confianza, a veces porque creen que solo las personas débiles piden favores, quizá sea porque no quieren reconocer que necesitan ayuda… Estas personas deberían aprender de aquellas. Las anteriores podrían dar clases de cómo hacerlo y estas tendrían la oportunidad de aprender de verdaderas personas expertas.

El resto de personas

Cabe decir que no todas las personas que nos encontraremos que nos soliciten un favor formarán parte de alguno de los grupos comentados. Existen personas que solo piden un favor cuando lo necesitan realmente. Y también existen personas que si les dejas dinero te lo devuelven. Quizás estas personas son la norma y los grupos comentados anteriormente son la excepción; al menos, me gustaría creer que es así.

Conclusión

Sería bueno que el hecho de que existan personas, conozcamos a pocas o muchas, que forman parte de los grupos comentados, no nos hiciera perder la ilusión de hacer un favor a una persona que lo necesita, siempre que esté dentro de nuestras posibilidades, sean económicas, físicas o mentales.


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Una biblioteca no es un conjunto de libros leídos, sino una compañía, un refugio y un proyecto de vida”.

Arturo Pérez-Reverte (nacido en 1951). Escritor y periodista español.


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Tener suerte

Algunas definiciones de suerte son las siguientes:

1. Encadenamiento de sucesos considerado como fortuito en tanto que decide la condición buena o mala procedente a cada persona.

2. Buen o mal éxito en una cosa.

3. Azar al que se confía la decisión de algo.

4. Resultado positivo de un suceso poco probable.

5. Es lo que sucede más allá del control de una persona.

Algunos sinónimos de suerte son: Fortuna, azar, casualidad, destino, estrella…

De una forma más coloquial, podríamos decir que tener suerte es que las cosas salgan bien. Cuando una persona se dice que ha tenido buena suerte en una tarea, significa que le ha ido bien. Por el contrario, cuando se dice que una persona ha tenido mala suerte en una tarea, significa que ha salido mal. Así, la suerte puede ser buena o mala, en función de lo que suceda.

Que una persona haya tenido suerte en una cuestión no significa que tenga suerte siempre. Puede que tenga suerte en alguna o algunas circunstancias y no en el resto. Y viceversa, que una persona no tenga suerte en alguna o algunas situaciones, no quiere decir que siempre le salga todo mal. Pero a veces conocemos personas a las que casi todo les sale bien (consideradas personas afortunadas) y otras personas a las que casi todo les sale mal (consideradas personas gafes).

Hay quien afirma que la suerte se la busca o se la hace cada uno, lo que viene a decir que si te esfuerzas existen más probabilidades de que esa tarea te salga bien, es decir, que tengas buena suerte en esa circunstancia.

Visión subjetiva de la suerte

Pero, como sucede en tantas situaciones de la vida cotidiana, las cosas no suelen ser blancas o negras, sino que existen muchos matices. También respecto a la suerte. Aquello que para una persona puede suponer haber tenido mucha suerte, otra persona puede considerarlo solo un poco de suerte, o incluso un hecho normal. Por ejemplo, habrá quien si le toca la lotería, aunque sea una cantidad no muy grande, pensará que ha tenido suerte. En cambio, otra persona pensará que no es suerte porque solo habrá ganado un poco y la persona no se ha hecho rica.

Visión objetiva de la suerte

Para intentar medir si una circunstancia ha sido suerte o simplemente ha sido un resultado normal, entraría en juego la cuarta definición antes mencionada (resultado positivo de un suceso poco probable). Porque una aproximación racionalista a la suerte incluye la aplicación de las leyes de la probabilidad. Es decir, que quizá, si queremos basarnos en cuestiones científicas, deberíamos calcular la probabilidad de que ese suceso ocurra. Y si la probabilidad era baja o muy baja y, aun así, ese suceso ha ocurrido, significará que ha habido suerte. Pero ante todo deberíamos ponernos de acuerdo en fijar algunos parámetros, como, por ejemplo, a partir de qué número se considera baja una probabilidad.

La suerte y el destino

La suerte no existe solo en los juegos de azar, sino que puede aparecer (o no) en múltiples circunstancias de la vida. Por ejemplo, encontrar a una pareja con la que tengas mucha afinidad puede ser considerado como haber tenido suerte. En esta y otras circunstancias hay quien puede relacionar la suerte con el destino. Y aquí se mezclan ambas cuestiones. Habrá quien dirá que es suerte, otros dirán que ha sido el destino quien ha unido a esas dos personas.

Búsqueda de la suerte

La suerte la quiere todo el mundo, la busca todo el mundo. Por esta razón, desde tiempos inmemoriales las personas han intentado, mediante muchas y diversas formas, atraer a la suerte. Hay quien la busca cada semana jugando en alguno de los numerosos juegos de azar que existen. Porque siempre resulta agradable tener suerte.

Algunas otras formas conocidas son las siguientes:

1. Buscando un trébol de cuatro hojas.

2. Llevando encima una pata de conejo.

3. Colgando una herradura sobre la puerta.

4. Llevando siempre encima algún amuleto, es decir, un objeto que aquella persona considera (sin base científica alguna) que le proporciona suerte.

5. Volviendo a ponerse los mismos calcetines (u otra prenda) que llevaba puestos un día en que consideró que había tenido suerte.

La suerte en la historia

Desconozco cuándo apareció en la civilización el concepto de suerte. Quizá fue cuando un homínido primitivo se vio involucrado en un incidente peligroso del que salió ileso. Había tenido suerte.

Existen una serie de creencias espirituales sobre la suerte. Aunque varían mucho, la mayoría coincide en pensar que se puede influir en la suerte con medios espirituales, es decir, realizando ciertos rituales o evitando ciertas situaciones.

Algunas culturas y religiones ponen el énfasis en la habilidad de las personas para atraer la suerte por medio de rituales. Sin embargo, las religiones judía, cristiana y musulmana creen más en la voluntad de un ser supremo que en la suerte como principal influencia en los sucesos futuros.

La suerte en la psicología

En psicología se le llama suerte a todas aquellas cosas que no podemos predecir, explicar o controlar.

La suerte es una creencia del ser humano y como creencia, desde el punto de vista psicológico, no existiría la buena o mala suerte. Decimos que hemos tenido buena suerte cuando hemos obtenido el resultado deseado y mala suerte cuando no ha sido así.

Conclusión

El concepto de suerte está muy presente en nuestra cultura. Son frases utilizadas muy a menudo las siguientes: Qué suerte has tenido. Que tengas mucha suerte. ¿Has visto qué suerte tiene esa persona?

Y la búsqueda de la suerte, cada uno con los medios de que disponga, seguirá teniendo lugar por los siglos de los siglos.


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Un libro cerrado es solo un bloque de papel”.

Walter Benjamin (1892-1940). Filósofo y crítico literario alemán.


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Fracasar

Lo primero que deberíamos preguntarnos es qué significa “fracasar”. Y encontramos dos acepciones en las que “fracasar” es definido como “no tener éxito”. La diferencia entre ambas acepciones radica en que la primera se refiere a la ausencia de éxito de una persona y la segunda acepción hace referencia a no tener éxito en un proyecto.

Personalmente, esta definición me provoca más dudas que certezas. ¿Significa esto que si no se ha tenido éxito se es, directamente, irreversiblemente, una persona fracasada? ¿No existe un punto medio entre el éxito y el fracaso? Si el fracaso es la ausencia de éxito, ¿el éxito es la ausencia de fracaso? ¿Puede decirse que se ha fracasado si no se ha intentado?

Fracasar como sentimiento subjetivo

Respecto a la primera acepción, la referida a las personas, soy de la opinión de que en muchos casos no se puede hablar de éxito o fracaso, sino de una situación intermedia, porque una persona que no ha tenido un éxito flagrante no significa que haya fracasado. Además, ¿quién es capaz de fijar siempre lo que es un éxito o un fracaso?

Me parece que en muchas circunstancias de la vida tener éxito o fracasar tendrá un cariz personal, es decir, que cada persona lo vivirá de una manera diferente. Con esto quiero decir que lo que para una persona puede ser un fracaso rotundo, para otra puede no serlo.

Respecto a la segunda acepción, la referida a una acción o un proyecto, en algunas situaciones es posible esta estricta dicotomía, es decir, o una cosa u otra. Por ejemplo, en un examen o has aprobado o suspendido, si tomamos como medida del éxito el hecho de aprobar y el fracaso como el hecho de suspender. Por eso, en algunos casos, cuando se ha intentado alguna acción y no ha salido bien, es decir, que no ha sido una acción exitosa, quizás sí se puede decir que se ha fracasado. Pero no creo que siempre sea así. No pienso que siempre, en todas y cada una de las circunstancias que se pueden vivir, se pueda diferenciar de forma tan drástica entre éxito y fracaso. No me parece tan fácil. Más bien, en la mayoría de casos, resultará más o menos difícil poder afirmar, de forma categórica, que se ha alcanzado el éxito o, por otra parte, se ha fracasado.

Fracasar es una palabra muy negativa, que hace sentir cuestiones adversas. Nadie quiere fracasar. Nuestro deseo es siempre tener éxito, aunque no siempre se consiga.

El fracaso como proceso

A menudo, nos fijamos en el resultado final de nuestras acciones, sin tomar en consideración otras variables que pueden resultar fundamentales para nuestro aprendizaje. Puede que, en ese momento, sentimos que hemos fracasado, pero aquel quizás solo ha sido un pequeño obstáculo que no hemos podido vencer en ese momento; tal vez se trataría de una batalla perdida. Pero todo lo que hemos aprendido en esta batalla, seguro que en el futuro nos servirá para ganar la guerra. Las estrategias elegidas y las decisiones tomadas nos ayudarán en el futuro.

El fracaso parece necesario en el proceso de aprendizaje, porque resulta muy complicado ganar la guerra nada más empezar. A menudo necesitaremos aprender antes de vencer.

Tal y como dijo Burrhus Frederic Skinner, psicólogo y filósofo estadounidense, “un fracaso no es siempre un error; puede ser simplemente lo mejor que se podía hacer en esas circunstancias. El verdadero error es dejar de intentarlo”. Esta frase incluye dos consejos importantes. El primer consejo es que no siempre se estará en disposición de obtener el éxito, y menos al principio. Aunque no se crea en el destino, sino en el libre albedrío de los seres humanos, lo que es innegable es que las circunstancias que rodean a una persona pueden influir, en cierto modo, en su capacidad para alcanzar el éxito. Sin embargo, no significa que esté abocado a un fracaso seguro. Quizás solo significa que lo tendrá más difícil, que tendrá que esforzarse más. Pero si lo intenta con todas sus fuerzas, tendrá alguna opción de conseguirlo. El segundo consejo es sobre el hecho de intentarlo. El miedo al fracaso a menudo nos lleva a no intentarlo. Y lo que es seguro es que si no se intenta, no se va a conseguir. Por eso, el primer paso para el éxito es intentarlo, aunque sea a nuestro modo y con los medios de que disponemos. Pero intentarlo puede significar tener que salir de nuestra zona de confort. Y esto no siempre es fácil.

Hay personas que antes de empezar a intentarlo quieren tener todas las circunstancias bajo control. Quizás no se den cuenta de que nunca se puede tener el control de todo, de absolutamente todo. Esto es imposible. Solo podemos controlar una parte de lo que puede sucedernos, pero, aunque no nos guste mucho, siempre quedará un espacio para la incertidumbre.

El hecho de intentarlo es lo que va conformando nuestra persona. Somos la unión de los fracasos y de los logros, los cuales, unidos a nuestros aprendizajes, van formando nuestra persona.

Conclusión

No intentarlo significa no experimentar, no fracasar, pero no aprender. Sería deseable intentar ver el fracaso como una oportunidad de ir aprendiendo, de crecer. Y deberíamos tomarnos el fracaso como un paso previo. Es decir, que cuantas más veces fracasamos puede significar que más cerca estamos del éxito, dado que a cada fracaso vamos aprendiendo cuestiones que, tarde o temprano, nos ayudarán a alcanzar el éxito. Solo es cuestión de tiempo y de aprendizaje.


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Los libros son una incomparable magia portátil”.

Stephen King (nacido en 1947). Escritor estadounidense.


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Envidia

La palabra envidia proviene del latín “invidere”, compuesta por “in”, que significa “hacia dentro” y “videre”, que significa “ver”, “mirar”. Por tanto, la envidia sería mirar hacia adentro, pero con mala mirada, con hostilidad.

Otras definiciones de envidia podrían ser las siguientes:

– Sentimiento de tristeza o enfado que experimenta una persona que no tiene o desearía tener algo que otra persona posee.

– Pasión malsana que afecta más a la persona que la vive que a la persona que la despierta.

– Sentimiento o estado mental en el que existe dolor o desgracia por no poseer lo que tiene otra persona, sea bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas tangibles o intangibles.

En la mitología griega, Eris era la diosa de la discordia y representación de la envidia. Era hija de la venganza y de los celos, es decir, era la fusión de Némesis y Ptono.

El filósofo griego Aristóteles definió la envidia como el dolor ante la visión de la buena fortuna de otra persona, provocado por aquellos que tienen lo que nosotros deberíamos tener.

Bertrand Arthur William Russell, filósofo, matemático y escritor británico (ganador del Premio Nobel de Literatura), dijo que la envidia era una de las causas más potentes de la infelicidad.

Jacques Lacan, psiquiatra y psicoanalista francés, decía que la envidia no se trata de desear el objeto que otra persona tiene, lo que la otra persona es, sino que la envidia se dirige al disfrute que le suponemos a la otra persona por tener ese objeto y no a lo que sabemos racionalmente.

En la actualidad, se intensifica la sintomatología relacionada con la envidia promovida por imágenes de disfrute y placer en las redes sociales.

La envidia es constitutiva del desarrollo del psiquismo humano y debe encausarse a procesos de integración y unificación de nuestra personalidad.

Lo que está claro es que la envidia es un sentimiento, no es un diagnóstico, no es una enfermedad. Puede debatirse si es una patología, o hasta qué punto es una patología.

Es importante destacar que es el único sentimiento que no termina con la muerte de la persona envidiada. Se la sigue envidiando incluso después de muerta.

La envidia es como un gusano que te carcome, que te va carcomiendo por dentro durante parte de tu vida y, en un momento dado, puede que no puedas resistirlo más y pierdas el control de tu conducta.

Para detectar la envidia en nosotros mismos, podemos hacernos las siguientes preguntas:

¿Deseo tener los bienes materiales, intelectuales o físicos de otras personas?

¿Distraigo mis pensamientos en comparaciones sobre lo que tienen otras personas?

¿Alguna vez he deseado que otras personas no tengan sus bienes porque yo no los tengo?

Clases de envidia

Según algunas personas expertas, podríamos distinguir dos clases de envidia, la envidia maliciosa y la envidia benigna o envidia sana.

Envidia maliciosa. Es una emoción desagradable que hace que se quiera derribar a la otra persona.

Envidia benigna o sana. Aunque sigue siendo una emoción negativa, en el sentido de que resulta desagradable, podría proporcionar emulación, motivación de mejora, pensamientos positivos sobre la otra persona y admiración. Esta clase de envidia implicaría el reconocimiento de que otras personas son mejores y haría que la persona aspirara a ser igual de buena. Hay que decir que muchas personas expertas afirman que la envidia sana no existe en realidad y que no es otra cosa que admiración.

La envidia en el Cristianismo

La envidia es considerada por la Iglesia católica como un pecado capital porque genera otros pecados. El término capital no se refiere a la magnitud del pecado, sino a que da origen a otros muchos pecados y rompe el amor al prójimo que proclamaba Jesús.

El sexagésimo cuarto Papa de la Iglesia católica, San Gregorio Magno, fue quien seleccionó los siete pecados capitales. La soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza son las siete pasiones del alma que la tradición eclesiástica ha fijado como «pecados capitales». En contraposición a estos siete pecados capitales, existen las siete virtudes, cada una confrontada a un pecado capital y que, en orden, serían la humildad (en contraposición a la soberbia), la generosidad (en contraposición a la avaricia), la castidad, la paciencia, la templanza, la caridad y la diligencia.

La caridad, en oposición a la envidia, consiste en desear siempre bien a la otra persona. Y ese deseo o búsqueda del bien del otro puede llegar incluso a heroico cuando se procura el bien de la otra persona, antes o por encima del bien propio.

La Biblia incluye un suceso fruto de la envidia. El primer caso de envidia que podemos encontrar en la Biblia, lo encontramos en el Génesis. Se trata de la envidia que sintió un hermano sobre el otro hermano, es decir, la historia de Caín y Abel. Y esa envidia que sentía Caín sobre Abel era tal que lo llevó a cometer el primer homicidio de la historia, según la Biblia.

Curación de la envidia

Sabemos que muchas enfermedades tienen curación. Si son físicas, con medicamentos; si son psicológicas, con medicamentos y/o psicoanálisis. Pero si la envidia no es una enfermedad, sino un sentimiento, ¿significa esto que no tiene cura? ¿Las enfermedades se intentan curar y los sentimientos se intentan cambiar, alterar o mejorar? Las personas expertas discrepan al respecto.

Determinados especialistas afirman que la envidia es incurable. Pero otros consideran que puede modularse, sobre todo en aquellos casos en los que la persona envidiosa ya está en tratamiento psicológico por otras causas. Estas podrían asumir sus limitaciones, apreciar lo que tienen, no fijarse siempre en las demás personas y aprender a gestionar la frustración.

Para intentar eliminar la envidia, si es posible, hay quien recomienda seguir los siguientes cuatro pasos:

1. Reconocer la emoción y qué la provoca.

2. Observar qué comportamiento nos genera.

3. Focalizarse en uno mismo y no en los demás. No compararse.

4. Centrarse en las fortalezas propias, sin menospreciar el éxito de los demás.

Y tú, ¿qué opinas sobre la envidia?

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Nunca se acaba de aprender a leer. Tal vez como nunca se acaba de aprender a vivir”.

Jorge Luis Borges (1899-1986). Escritor, poeta y ensayista argentino.

Inocentes malas costumbres

Todas las personas tenemos costumbres. Cada una tiene sus propias costumbres. Quizás somos seres de costumbres.

A veces, se hace la diferencia entre buenas costumbres y malas costumbres. Una buena costumbre sería, por ejemplo, realizar ejercicio con regularidad. Otra sería llevar una dieta equilibrada. Respecto a las malas costumbres, estas podrían ser las que llamamos vicios, como fumar o comer demasiadas grasas.

También podríamos tomar en consideración otras costumbres, las cuales resultaría difícil calificar de buenas o malas costumbres, dado que no nos aportan mucho, ni bueno ni malo. Las podríamos llamar “costumbres inocentes”.

Pero no siempre son del todo inocentes. Y tal como intentaré demostrar a continuación, quizás podríamos definirlas como malas costumbres, al menos, como “inocentes malas costumbres”. Aunque después de lo que voy a exponer, el calificativo de inocentes me parece que sobrará.

La primera de estas costumbres que me viene a la cabeza es la de un hombre que tenía la costumbre de realizar cada día el mismo recorrido para ir al trabajo. Alguien pensará: “¿Y qué puede tener de malo?”. En principio, que lo haga una persona anónima no supone nada malo. Muchas personas realizan cada día el mismo trayecto de casa al trabajo. Pero si se trata de una persona pública, que lleva siempre escolta y que existe el peligro de sufrir un atentado… la cosa cambia. Me refiero a Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno de España en 1973. Parece que cada día recorría el mismo camino, el cual era conocido por sus enemigos, hasta que el 20 de diciembre de ese año un atentado puso fin a su vida.

Pero también me viene a la cabeza otra costumbre. Una costumbre que tienen miles de personas, a las que seguro que esta costumbre no les supondrá ningún perjuicio durante su vida. Pero hay una persona a la que sí perjudicó, y mucho, tanto a nivel personal como, sobre todo, a nivel profesional.

Es el caso del atleta español Bruno Hortelano (nacido en 1991). Dominador durante algunos años de la velocidad en España, obtuvo como máximo premio quedar primero en los Europeos de Atletismo del año 2016 en la prueba de los 200 m lisos. Ese mismo año, fue semifinalista olímpico, también en la prueba de los 200 m lisos. Tenía un futuro muy prometedor en el atletismo. Pero… ¿Qué sucedió? El día 5 de septiembre de 2016, cuando iba en un vehículo sentado en el asiento del copiloto, sufrió un accidente. La parte de su cuerpo que más sufrió fue la mano derecha. Y esto supuso casi el principio del fin de su carrera atlética. Alguien puede pensar: “¿Qué tiene que ver que sufriera heridas en la mano derecha con correr?”. Pues tiene que ver más de lo que pudiera parecer.

Pero, ante todo, me referiré a la inocente mala costumbre, o quizás no tan inocente, que lo originó todo. Al parecer, cuando iba de copiloto al vehículo, tenía la costumbre de sacar la mano derecha por la ventana del vehículo. Nunca ocurría nada, hasta que un mal día el vehículo sufrió un accidente y se lesionó algunos dedos de la mano derecha. Y su carrera atlética se detuvo.

En principio, podía parecer que todavía podía correr, a pesar de tener la mano derecha lesionada. Pero hay que tener en cuenta que en las carreras de distancias cortas (60 m, 100 m, 200 m) es muy importante la salida, en la que los atletas comienzan la carrera con las manos tocando el suelo y utilizándolas para darse impulso.

Bruno Hortelano, tras numerosas operaciones para intentar recuperar la movilidad de los dedos, volvió a la competición de alto nivel, pero, salvo algún éxito esporádico, nada ha sido como antes del accidente. A su regreso, una serie de lesiones (el tendón de Aquiles, pubalgia…) han continuado su sufrimiento. En una entrevista comentó que el accidente también le había provocado algún desajuste músculo-esquelético, lo que podría justificar estas lesiones.

¿Qué nos pueden indicar estas historias? ¿Que no debemos pasar siempre por el mismo sitio? ¿Que debemos vigilar dónde ponemos las manos? Quizás sí, o quizás no. Tal vez solo se trate de simples coincidencias. Quizá sean golpes de mala suerte. Habrá quien piense que se trataban de hechos que ya estaban prefijados en la existencia de estas personas, es decir, que en el destino ya estaba previsto que debían suceder.

Sea como fuere, tanto si pensamos que fue el destino, o la casualidad, o la mala suerte, quizás no estaría de más ser previsores y revisar nuestras “inocentes malas costumbres”.

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Lee. Todo lo que puedas tener en tus manos. Lee hasta que las palabras se conviertan en tus amigas”.

Karen Witemeyer, escritora estadounidense.

Cambiar de opinión

¿En qué consiste cambiar de opinión? De una manera simple, se podría decir que una persona cambia de opinión cuando primero ha expresado una opinión concreta y al cabo de un tiempo expresa una diferente. Pero esta definición me provoca algunas preguntas:

¿Es necesario que la nueva opinión sea totalmente contraria a la primera?

¿Es suficiente que ambas opiniones sean algo distintas?

¿Existe un período de tiempo en el que no se puede cambiar de opinión? Es decir, ¿que entre una opinión y otra diferente debe pasar un mínimo período tiempo? ¿O se puede decir una cosa y enseguida decir la contraria?

Bien, en teoría, todo es posible, tanto cambiar de opinión al instante, como hacerlo al cabo de unos minutos, de unas horas, de unos días, de unos meses, de unos años… Todo es posible.

Otra cuestión es si cambiar de opinión demasiado rápido se puede considerar, en el ámbito social, por ejemplo, como un hecho extraño.

Si tuviéramos que poner sobre el papel una especie de Constitución sobre el hecho de cambiar de opinión, algunos de los artículos que la formarían podrían ser los siguientes:

Artículo 1. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión.

Artículo 2. Todo el mundo tiene derecho a no cambiar de opinión.

Artículo 2.1. Todo el mundo tiene derecho a no cambiar de opinión porque es su creencia.

Artículo 2.2. Todo el mundo tiene derecho a no cambiar de opinión, aunque se haya comprobado que no tiene razón.

Artículo 3. Todo el mundo tiene derecho a no creerse a quien cambia siempre de opinión.

Artículo 4. Todo el mundo tiene derecho a no creerse a quien nunca cambia de opinión.

Tomando como base esta pequeña Constitución, podría decirse que, respecto al cambio de opinión, existen varias clases de personas, que serían las siguientes:

1. Personas que siempre cambian de opinión. Estas personas tienen la costumbre de ir cambiando de opinión. Tan pronto dicen una cosa como la contraria. Quizás son las personas más difíciles de comprender, dado que no parecen tener una opinión fija. En este grupo podríamos diferenciar dos subgrupos:

1. a) Personas que siempre cambian de opinión y lo hacen muy a menudo. Estas personas cambian de opinión tan a menudo, que nunca sabes lo que piensan. Resulta muy difícil estar al día de su último cambio de opinión.

1. b) Personas que siempre cambian de opinión, pero no lo hacen muy a menudo. De igual modo que en el subgrupo anterior, estas personas ya sabes con antelación que van a cambiar de opinión, pero también sabes que no lo hacen muy a menudo, sino que dejan pasar un tiempo entre una opinión y el cambio de esta. Dentro de este subgrupo quizás encontraríamos a las personas que, en un principio, expresan una opinión determinada, pero que, con el paso del tiempo, y después de pensar bastante, se dan cuenta de que no tenían razón y deciden cambiar de opinión. Pero también podrían formar parte aquellas personas que se podría decir que son de efectos retrasados, es decir, que dicen algo, pero después se lo repiensan, toman en consideración algunas cuestiones que primero habían pasado por alto, y al final cambian de opinión.

2. Personas que nunca cambian de opinión. Este grupo está formado por las personas que, desde el principio, desde que dan su primera opinión respecto a cualquier asunto, puedes estar seguro de que, por nada del mundo, van a cambiar de opinión. Este grupo también estaría formado por dos subgrupos:

2. a) Personas que nunca cambian de opinión porque es su creencia. Son personas que creen algo y, por mucho que lo intentes, aunque les proporciones infinidad de argumentos, nunca cambiarán de opinión.

2. b) Personas que nunca cambian de opinión, aunque se haya demostrado que no tienen razón. Este subgrupo está formado por las personas que no aceptan ningún tipo de argumento que les pueda hacer ver que no tienen razón. No hacen ningún caso. Se mantienen firmes en su opinión y no podrás moverlas de ella, pase lo que pase.

3. Personas que cambian de opinión de vez en cuando. Este grupo está formado por las personas que cambian de opinión quizás con cierta normalidad, es decir, que no cambian de opinión ni mucho ni poco.

Y tú, ¿cambias de opinión a menudo? ¿Solo de vez en cuando? ¿No cambias nunca de opinión?

Me gustaría conocer, sea cual sea, tu opinión.


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La Biblioteca es la más democrática de las instituciones, porque nadie puede decirnos qué leer, cuándo y cómo”.

Doris Lessing (1919-2013), escritora británica.

Saber decir no

A veces, pienso que saber decir no, cuando es necesario, es una cualidad que, desgraciadamente, no poseemos todas las personas. Quizás podría decirse que es una especie de arte, el cual algunas personas dominan a la perfección, mientras que otras desconocen totalmente.

Se trata de una cuestión que puede parecer superflua, pero que no lo es tanto. Porque a menudo, en nuestro día a día, nos encontramos en diversas situaciones en las que saber decir un “no”, sobre todo en el momento preciso, nos puede evitar muchos quebraderos de cabeza futuros. Pero precisamente aquí está el quid de la cuestión, en saber decir no cuando “toca”, no demasiado pronto, cuando todavía no nos han propuesto nada, porque parecería demasiado exagerado, como si nos estuviéramos curando en salud, y quedaría demasiado forzado; pero tampoco es bueno, quizás aún es peor, decir que no demasiado tarde. Porque si, en un principio, decimos que sí, después resultará muy difícil poder decir que no. Y si conseguimos decir que no, será demasiado tarde. Y habremos perdido toda nuestra credibilidad.

Respecto al tema que tratamos, podríamos decir que existen tres clases de personas:

– Personas que siempre dicen que no. Estas personas tienen la costumbre de decir que no, tanto si les pides un favor, aunque sea pequeño, como si les imploras ayuda, como en otras situaciones. Tienen la costumbre de decir que no y no puedes hacerlas cambiar de parecer. Pero en este grupo podríamos diferenciar dos subgrupos:

– Personas que siempre dicen que no y siempre quedan bien. Estas personas, valga la redundancia, personificarían el punto álgido, la cima, del saber decir no. Son personas que, aunque digan siempre que no, siempre quedan bien. Este es el punto donde se produce la cuadratura del círculo, es decir, que consiguen quedar bien. Son las personas que saben llevar ese arte hasta el punto máximo de la excelencia. Serían las personas de las que deberían tomar ejemplo las que forman los demás grupos. Serían las personas a seguir. Serían dignas de impartir cursos explicando cómo lo hacen.

– Personas que siempre dicen que no, pero no quedan bien. Estas personas se encuentran a medio camino de la excelencia. Solo les falta saber cómo quedar bien haciendo lo que hacen, es decir, decir siempre que no. Quizás con el tiempo aprendan a hacerlo. Tal vez todo dependa de la práctica.

– Personas que nunca dicen que no. Este grupo está formado por las personas que deberían aprender de las que forman el anterior grupo. Porque decir siempre que sí no puede llevar a nada bueno. Nunca decir que no supone que a menudo otras personas se aprovechen de ti. Porque la especie humana, al menos en teoría, parece estar hecha para aprovecharse, siempre que se pueda, de las demás personas. A veces, resulta difícil encontrar a una persona que, pudiéndolo hacer, no se aproveche de otra. Las personas de este grupo son las que pagarían gustosamente por poder ir a los cursos que podrían impartir las personas que siempre dicen que no y siempre quedan bien.

– Personas que a veces dicen que no. Este grupo está formado por las personas que dicen no cuando conviene. Son las que saben elegir el momento en el que es necesario decir no.

Respecto al saber decir no, hay una cuestión que siempre me ha intrigado. Me parece que se trata de una forma de actuar inherente a la especie humana. Supongamos el caso de una persona que siempre dice que sí, que pertenece al grupo de personas que no saben decir no. Y todo el mundo que la conoce sabe a la perfección, por experiencia propia, que nunca de la vida, pero que nunca, nunca, dirá no. Todo el mundo sabe que nunca dice no y todo el mundo espera que siga siendo así. A nadie se le ocurre que algún día pueda decir no. ¿Qué sucederá si, un buen día, por los motivos que sean (la luna, un eclipse, una alineación planetaria…) no se le ocurre otra cosa que decir no? ¡Dios nos salve! Según el talante de la especie humana, creo que esto es lo peor, o casi, que se puede hacer en la vida. Si esto sucede, todo el mundo (o casi todo el mundo) reaccionará de la misma manera. Todo el mundo se le echará encima, como si hubiera cometido un delito, pero no un pequeño delito, sino casi el mayor delito que pueda existir. Pero, ¿por qué razón reaccionarán así las demás personas? ¿Que no tiene derecho a decir que no? En principio, parecería que, como el resto de personas, sí tiene derecho a decir no; pero la idiosincrasia humana parece negarle esa posibilidad. ¿Por qué? Quizás porque, a base de decir siempre que sí, había sentado un precedente que se había convertido en una especie de ley, casi una ley divina, que no podía saltarse.

Y tú, ¿qué opinas?

¿Te has encontrado alguna vez en alguna de las situaciones comentadas?

¿A qué grupo de personas crees que perteneces?


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Cuando una persona escribe se da cuenta de lo difícil que es escribir incluso una novela mala

Esther Tusquets (1936-2012), editora y escritora española.

Culpabilidad

Concepto de culpabilidad

La culpabilidad es un sentimiento negativo que tiene una persona cuando considera que ha actuado mal. Se trata de una sensación subjetiva, que puede ser real o no, que depende de los propios valores de cada persona y de lo que ella considera bueno o malo.

En Sociología, parece que esta culpabilidad se basa en el miedo a un castigo o sanción social, en forma, tal vez, de desprecio o de reproche. Por tanto, estaría relacionada con la autoestima y el miedo a perder el afecto social de otras personas.

Pero antes de continuar, habría que saber qué es la culpa, palabra de donde proviene la culpabilidad.

Concepto de culpa

La culpa es una emoción que nos hace sentir mal, que ocasiona un doloroso efecto. Funciona como un sistema de alarma interno que surge de la conciencia o sensación de haber hecho algo mal hecho, de haber transgredido alguna norma, sea personal, ética o social; sobre todo cuando, fruto de esta conducta, alguna persona ha salido dañada.

La culpa es un sentimiento que podemos percibir a consecuencia de una mala conducta o de un pecado, que ha transgredido nuestros principios morales o creencias. Porque la culpa está muy relacionada con la tradición judeocristiana, al hecho de obrar en oposición a la moral convenida.

Pero la culpa puede redimirse, dado que muchas culturas tienen mecanismos de expiación para aliviar el sentimiento, como la reparación a la víctima, el castigo o penitencia y la confesión.

El filósofo Martin Buber diferenció entre la noción freudiana de culpa, basada en conflictos internos, y la culpa existencial, basada en daños reales ocasionados a otras personas.

El concepto que me resulta más importante es el de la subjetividad. Aquí es donde creo que está el quid de la cuestión. La subjetividad es la que explica que no todas las personas, frente a una misma conducta, se consideren culpables.

Se podría decir que, respecto a cómo se toman la subjetividad de la culpa, existen tres clases de personas:

– Personas que a menudo se sienten culpables. En este grupo encontraríamos a aquellas personas que se sienten culpables a menudo, seguramente más a menudo de lo que podríamos considerar como normal. Se trataría quizás de un sentimiento patológico de culpabilidad.

– Personas que nunca se sienten culpables. Este grupo estaría formado por aquellas personas que se sienten culpables muy rara vez, o quizás nunca. Tampoco podría considerarse como dentro de la normalidad. También, aunque en el otro extremo del grupo anterior, podría considerarse un sentimiento patológico. Las personas psicópatas parecen no sentir las emociones sociales, como la culpa.

– Personas que se sienten culpables a veces. Este grupo de personas, situadas en un punto medio, serían las que podríamos considerar que se toman la culpabilidad con mayor normalidad. Seguramente, son las personas que se sienten culpables cuando han hecho algo mal hecho sin caer en los extremos.

Respecto al tema de la culpa, se podría decir que los extremos son peligrosos y en el centro es donde encontraríamos la normalidad, es decir, que tanto el hecho de no sentir nunca culpa como el hecho de sentirla demasiado a menudo, nos debería de poner en alerta y hacernos dar cuenta de que algo no funciona bien. En cambio, sentir culpa de vez en cuando sería una conducta plenamente normal.

Responsabilidad

Como he comentado antes, el concepto de culpa está muy relacionado con la tradición judeocristiana. En contraposición, existe el concepto de responsabilidad, que es un valor humano que se caracteriza por la capacidad de las personas de actuar de la forma correcta, o de acuerdo con lo esperable. Así pues, por ejemplo, cuando a una persona le decimos «esto ha pasado por tu culpa», quizás sería mejor decirle «esto ha sido tu responsabilidad».

Hay quien sostiene que el concepto de culpa tiene su origen en la cultura sumeria y en el diseño del pecado original para evitar el desarrollo de las personas como seres individuales.

De la culpa, también se podría decir que es una pesada carga que, una vez te la has puesto encima, resulta difícil deshacerte de ella. Y llevarla encima cuesta mucho. Por eso, lo ideal sería no tener que cargar con ella o, al menos, hacerlo el mínimo número de veces, las indispensables.

Y tú, ¿qué opinión tienes sobre la culpabilidad?

Puedes comentarlo a continuación.


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Atesora los libros, incluso si no planeas leerlos enseguida. Nada es más importante como los libros que todavía están por leer”.

Austin Kleon (nacido en 1983), escritor estadounidense.