La inteligencia no es una ventaja, sino un hándicap

En esta reflexión no se tomará una posición concreta respecto a la idea del título, se pondrán sobre la mesa diferentes perspectivas para intentar reflexionar sobre la premisa.

El título está incluido entre las frases que pronuncia, al principio del filme, el protagonista de “La caída del imperio americano”; película canadiense de 2018, dirigida por Denys Arcand y de título original “La chute de l’empire américain”. Es la que cierra la trilogía iniciada con “Las invasiones barbares” (título original “Les invasions barbares”) y seguida con “La edad de la ignorancia” (título original “L’Age des tenebres”).

El argumento que esgrime para justificar esta afirmación es que un vendedor no muy inteligente, si quiere vender un aspirador, puede asegurar que proporcionará la felicidad al comprador. Entonces, conseguirá ventas y ascenderá de categoría en el trabajo. En cambio, un vendedor inteligente no asegurará la felicidad, no venderá el producto y lo despedirán del trabajo. No sé si sería una persona poco inteligente, pero sí que se podría afirmar que, al asegurar un suceso que no está garantizado, miente o falta a la verdad. Por lo tanto, se trataría de un individuo a quien no le importa mentir si consigue vender y, quizás, con pocos escrúpulos.

Puedes visionar el inicio de la película a continuación:

Este razonamiento, por sí solo, puede parecer un poco pobre, incluso exagerado o rebuscado, pero la idea que subyace en él, y las diversas interpretaciones que se pueden sustraer de este pensamiento, son algunas de las razones que me han llevado a escribir esta publicación.

La cuestión del aspirador me ha recordado el caso real de Juan (el nombre ha sido cambiado para mantener la privacidad del protagonista). Al empezar a trabajar en una empresa aseguradora, tenía que comercializar un producto de ahorro que incluía una cláusula por la cual se penalizaban los reintegros de parte de la inversión durante los primeros años. El jefe de la oficina le “ordenó” que no comentara esta condición del contrato a los potenciales clientes, pero Juan no veía claro mentir (para el jefe se debía de tratar de una simple omisión). No es de extrañar que Juan durara poco tiempo en aquel trabajo. ¿Esto significa que Juan era demasiado inteligente? Quién sabe. Cuando menos, demuestra que se trataba de una persona íntegra, con principios y escrúpulos.

Homer Simpson

Un claro ejemplo que confirmaría la hipótesis de la película sería el de Homer Simpson (Homero Simpson en Hispanoamérica). Se podría alegar que se trata de una serie de ficción. Es verdad. Pero también suele ser verídico aquello de “la realidad supera a la ficción”, es decir, que la ficción, por muy exagerada que nos pueda parecer, a veces se queda corta, comparada con la realidad. Además, ha quedado demostrada, en más de una ocasión, la capacidad profética de la serie “Los Simpson”, avanzando acontecimientos que con posterioridad han tenido lugar. Uno de los más recientes fue pronosticar la llegada al poder de Donald Trump, a quien las encuestas otorgaban escasas probabilidades.

En un capítulo de la serie, aparece el personaje de Frank Grimes. Se trata de un profesional consumado que, después de una vida difícil, consiguió un título en física nuclear y que comienza a trabajar en la central nuclear de Springfield, en el mismo sector que Homer. Este es un hombre poco inteligente, irresponsable, holgazán, que, a pesar de trabajar en una central nuclear, a menudo hace caso omiso de los avisos de peligro… Frank no se puede creer que trabaje allí y su incredulidad se incrementa cuando sabe que Homer tiene una familia que parece perfecta, una casa con jardín, dos vehículos, ha viajado por casi todo el mundo, ha sido, incluso, astronauta… Entonces, Frank intenta ridiculizar a Homer y, al ver que no lo consigue, enloquece por la incongruencia de la situación, lo imita y hace algunas de las tonterías que haría Homer, hasta que agarra unos cables de alta tensión y… El final, previsible, no lo explicaré.

A pesar de tratarse de una parodia, quien más quien menos conoce a algún “Homer Simpson”. ¿Cómo lo consiguieron estos “Homer”? Algunos quizás tuvieron suerte o estaban en el lugar adecuado en el momento preciso; otros buscaron esta suerte hasta encontrarla; unos cuántos hicieron fortuna al vender la empresa que sus progenitores habían creado con mucho esfuerzo y sacrificio; hay quienes no han “trabajado” nunca, solo conocen la “carrera” política…

Beneficios de tener inteligencia

¿Es verdad que ser inteligente supone un obstáculo? ¿Sucede siempre o únicamente en algunas ocasiones?

Observar la inteligencia como una ventaja o un obstáculo, en una dicotomía estricta, sin otras alternativas, quizás no es la mejor idea posible.

Basarse solamente en un aspecto, por ejemplo el laboral, para decidir si una persona ha sido exitosa, tal vez sería simplificar en exceso.

Por otro lado, la interpretación de una vida exitosa no sería igual para todo el mundo. Dependería de cada persona, de los factores primordiales que cada cual valorara, de su escala de prioridades…

Según los expertos, existen algunas ventajas de ser una persona inteligente, entre otras:

  • Tener intereses propios.
  • No seguir las corrientes que dictan la sociedad o las modas.
  • Vivir de forma más creativa y plena.
  • Tener curiosidad.
  • Analizar cada detalle y hacerse preguntas.
  • Ser más abierto de mente. Estar abierto a nuevas propuestas y oportunidades.
  • Valorar las opiniones de las otras personas.
  • Tener empatía.

Consideraciones finales

En esta publicación, para no complicar y alargar demasiado el tema, no se han tratado cuestiones importantes como:

  • Qué es la inteligencia.
  • Maneras de valorar la inteligencia.
  • Tipos de inteligencia.
  • Evolución de la inteligencia a lo largo de la historia.
  • Diferencia entre ser una persona lista y una persona inteligente.

«Leer no es matar el tiempo, sino fecundarlo»

Herminia Catalina Brumana (1897-1954). Maestra, escritora y periodista argentina.


¿Qué opinas sobre el título de la publicación? ¿Estás de acuerdo?

¿Conoces a algún Homer Simpson?

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Dar la razón

Se trata de una expresión de pronunciación fácil, pero su puesta en práctica puede resultar, sobre todo para ciertas personas, bastante complicada.

Esta entrada cierra la tetralogía de publicaciones, en forma de Reflexión, dedicadas a frases hechas de uso habitual. Las anteriores publicaciones (por este orden) fueron “Dar las gracias”, “De nada” y “Pedir perdón”.

La expresión “dar la razón” significa “Reconocerle (a alguien) como justificado lo que dice, lo que ha hecho, etc.”.

Existen personas, desgraciadamente casi todo el mundo se ha topado a lo largo de la vida con alguna, que no dan nunca la razón. ¿Los motivos? Más adelante los intentaré averiguar. Lo que parece estar claro es la existencia de alguna motivación oculta que evita que estos seres puedan dar la razón a otra persona que no sea ella misma. Es igual cuál sea el tema tratado, comentado o debatido. Aunque intentes explicarle, justificarle, mostrarle, incluso con pruebas, que no tiene la razón, todo esfuerzo será inútil. El único final posible a la conversación será pronunciar la frase “mágica”: “Tienes razón”. No existe alternativa posible.

Hay ocasiones en que una conversación banal con una de estas personas se puede transformar en un espectáculo surrealista digno de observar (en la distancia, está claro). Incluso, se atreven a poner en entredicho hechos o situaciones de tu vida personal, como si ellos la conocieran mejor que la misma persona. Por ejemplo, te pueden decir algo como: “El otro día te vi conduciendo un vehículo descapotable”. Y cuando le respondes que no puede ser, que no has conducido nunca un vehículo descapotable… Entonces, se inicia una lucha (verbal) encarnizada para demostrarte que no tienes la razón. Por mucho que le expliques que no es verdad, que te parece que lo recordarías si hubiera sido real… Por mucho que te esfuerces, no conseguirás hacer que cambie de opinión. Después de un buen rato, y de varios intentos, finalmente no te quedará más remedio que sucumbir, entonar el mea culpa y pronunciar la frase “mágica”: “Tienes razón”.

Quizás alguna persona se ha sentido identificada con el párrafo anterior y ahora mismo se estará interrogando a ella misma, preguntándose si, tal vez, sin ser consciente de ello, es una persona que no da nunca la razón. Antes que nada, habría que serenarse. La mayoría de personas pueden haber compartido una conversación en que se han empecinado en tener la razón; incluso al final puede haber resultado que no la tenían, que estaban equivocadas. Pero con esto no es suficiente para hacer sonar la alarma. Como casi todo en la vida, lo más importante es hacerlo en la justa medida. Es decir, que esto suceda en una ocasión, aunque pase de vez en cuando, no significa, obligatoriamente, que no se dé nunca la razón. Es muy diferente que un hecho sea habitual o que sea esporádico.

Motivos para no dar la razón

Sería relevante conocer los motivos que llevan a estas personas a actuar de la manera que lo hacen, a intentar todas las trampas posibles, a hacer lo que haga falta para no tener que dar la razón a otra persona. A continuación, se exponen varias posibilidades, algunas relacionadas entre sí.

  1. Son personas que pretenden tener siempre el control de las situaciones. Suelen ser poco flexibles, a veces maniáticas y necesitan el reconocimiento de los otros. Esta actitud puede esconder una personalidad insegura.
  2. Son personas muy rígidas, que tienen unas creencias y opiniones estrictas, que si alguien opina diferente de ellas, se lo toman como un ataque directo e intentan defenderse; cuando en realidad pensar diferente no quiere decir ir contra la otra persona, ni mucho menos.
  3. Son personas que caen en una de las trampas del ego, que las engaña cuando se sienten inseguras, que hace que crean que si no tienen la razón valen menos (una cuestión totalmente falsa) y que al tener la razón (o apropiarse de ella) valen más.
  4. Se trata de personas que disfrutan imponiendo sus opiniones al resto de personas. A diferencia de alguna de las opciones anteriores, pueden ser conscientes de que no tienen la razón y esto las motiva todavía más.

Seguro que existen otras muchas opciones. Pero tal vez la clave radique en la primera palabra de la definición mencionada anteriormente, en el verbo “reconocer”. A algunos miembros de la especie humana (no me atrevería a decir si a pocos o a muchos) no les gusta nada tener que “reconocer” alguna cosa, lo que sea, a no ser que les beneficie de manera directa. Es decir, que su inconsciente no les permite hacerlo, no les permite reconocer un error, que se han equivocado, que no tenían razón… A veces, resulta más fuerte que ellos. Aunque lo intentaran con todas sus fuerzas, no podrían, de ninguna manera. Para saber más sobre el inconsciente y la mente humana, recomiendo leer la publicación sobre la obra de Sigmund Freud “Psicopatología de la vida cotidiana”.

¿Cómo se debería tratar a una persona que siempre quiere tener la razón? Siento decir que se trata de una pregunta muy compleja, que no se puede responder en unas pocas líneas, así que, desgraciadamente, no será tratada en esta publicación.

Sería aconsejable dejar de ver la vida en términos de verdades absolutas. No todo es blanco o negro, sino que existen múltiples tonalidades de grises. Todo el mundo (o casi todo el mundo) tiene una parte de razón. Y muchas opiniones nos pueden ser útiles para crecer como personas.

Colofón

Hace algún tiempo, fui testigo en primera persona de una conversación breve que puede ejemplificar a la perfección esta forma de actuar. Los protagonistas fueron David, Carlos y Pedro (los nombres han sido cambiados para preservar las identidades). Se trataba de tres “amigos”. Esta última palabra ha sido escrita entre comillas de manera expresa, para destacar la fina línea que separa unos “amigos” (lo que parecen) de unos simples “conocidos” (lo que quizás son en realidad).

Carlos y Pedro estaban debatiendo sobre un tema en concreto (cuál era no es relevante en este momento). Carlos defendía una postura y Pedro la contraria. De repente, David, que hacía más tiempo que conocía a Pedro, le dijo a este: “Pero si tú piensas igual que Carlos”. Y Pedro le respondió, con seguridad y cierta arrogancia: “Sí, pero no le quiero dar la razón”.


La lectura de un buen libro es un diálogo incesante, en que el libro habla y el alma escucha”.

André Maurois, seudónimo de Émile Herzog (18851967). Escritor y ensayista francés.


Me gustaría conocer tu opinión sobre esta Reflexión y sobre toda la tetralogía. Puedes redactarla a continuación.


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Pedir perdón

Esta frase podría estar, de alguna manera, relacionada con la Reflexión titulada “Dar las gracias”. Las dos, según algunas personas, en la actualidad podrían encontrarse en peligro de extinción.

La idea de escribir una Reflexión sobre el hecho de pedir perdón surgió mientras redactaba la publicación titulada “Dar las gracias”; la lectura de la cual recomiendo. Fue fruto de una tendencia a la asociación, que se puede aplicar tanto a expresiones, como objetos, personas, situaciones… Esta tendencia puede resultar útil en algunas ocasiones, pero también puede llevar a confusiones en otras.

Algunas expresiones sencillas utilizadas para pedir perdón pueden ser: “Lo siento”, “disculpa”, “te pido perdón”, “perdona”, “perdonen” o, simplemente, “perdón”. Pero, antes de nada, habría que saber qué quiere decir pedir perdón. Según la Real Academia Española de la Lengua (RAE), perdón es la acción de perdonar y perdonar es remitir la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa o eximir a alguien de la obligación que tiene. Por consiguiente, pedir perdón sería querer que no se nos castigue por aquello que hemos hecho mal.

Una cuestión similar sería disculparse, pero, según los expertos, existe una diferencia destacable entre las dos. Disculparse significa dar razones o pruebas que descarguen de la culpa, es decir, sacarnos la culpa, mostrar que no se tenía la culpa; ya fuera porque había sido un hecho involuntario o porque la culpable era otra persona. En cambio, perdonar viene del latín y está formado por el prefijo per (que indica una acción total) y el verbo donare (que quiere decir regalar o dar). Por lo tanto, perdonar querría decir dar totalmente. Resumiendo, pedir perdón es reconocer una deuda, una culpa, y esperar que te regalen aquello que tienes que volver.

Visto así, no es de extrañar que a algunas personas les cueste tanto pedir perdón, dado que, de manera implícita, esta solicitud incluye el hecho de asumir que se ha tenido la culpa. Y esto de reconocer que se es culpable… Eso sí que le cuesta a la especie humana. Pero también hay que tener en cuenta que no todo el mundo es sabedor de esta diferencia, es decir, que cuando se pide perdón no se acostumbra a tener presente todo esto.

De manera breve, la culpa se puede definir como una experiencia desagradable que se siente al romper las reglas (culturales, religiosas, etc.). También como un estado afectivo en que la persona experimenta conflicto por haber hecho algo que piensa que no tendría que haber hecho (o por no haber hecho algo que piensa que sí que tendría que haber hecho). Dado que la culpa se considera un concepto propio de la cultura judeocristiana, también se puede hablar de responsabilidad.

Desde el punto de vista de la asunción de la culpa o responsabilidad, podríamos distinguir cuatro posibilidades:

  1. No pedir perdón porque se piensa que no se tiene la culpa. Faltaría saber si se tiene razón o se trata de un pensamiento erróneo.
  2. No pedir perdón, aunque se sepa que se tiene la culpa. Sería la forma de actuar más poco lógica.
  3. Pedir perdón, a pesar de ser consciente de que no se tiene la culpa. Se da cuando se intenta expresar disculpa en general, por ejemplo, cuando se interrumpe un discurso o si se topa con alguien en la calle sin querer.
  4. Pedir perdón sabiendo que se es culpable. Parece la actuación más lógica.

Pedir perdón se suele asociar a la humildad para reconocer que se ha cometido un error y a que la persona muestra intención de rectificar o compensar, de alguna manera, este error.

En Psicología, se valora tanto el hecho de pedir perdón (que no siempre implica que el ofensor no tenga que compensar de alguna manera su error) como la capacidad de saber perdonar, que estaría relacionada con la empatía, la compasión y la redención. El perdón puede servir al ofensor para liberarse de la culpa y a la persona ofendida para liberarse de posibles sentimientos de rencor.

Pero ¿por qué muchas veces no se pide perdón? A continuación, se mencionan varias hipótesis:

  • Porque se considere que puede hacer perder poder o estatus. Algunas personas se lo toman como una especie de humillación pública, porque representa tener que reconocer que se han equivocado.
  • Porque supone una pérdida de autoestima, al reconocer que se obró mal y, quizás, se causó un daño.
  • Por temer que se le pida una compensación.

De seguro que existen otras justificaciones.

Sea como fuere, de la misma manera como se comentó en la Reflexión “Dar las gracias”, es importante que la demanda de perdón sea sincera y espontánea, no solo una fórmula automática para intentar evitar responsabilidades.

Una cuestión aparte sería conocer las motivaciones que llevan a ciertas personalidades, por ejemplo, del mundo de la política, a no expresar muy a menudo el perdón, y todavía menos de manera pública.


“Los libros son las abejas que llevan el polen de una inteligencia a otra”.

James Russell Lowell  (1819-1891). Poeta, crítico, editor y diplomático norteamericano.


Puedes exponer tu opinión a continuación.


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De nada

A simple vista, parece que esta frase no pueda dar demasiado de sí, es decir, que de ella se puede comentar poca cosa, cuando menos, para dedicarle una Reflexión como es debido. Nada más lejos de la realidad. Y lo intentaré demostrar a continuación.

La presente entrada es la continuación natural de la publicada el mes anterior, titulada “Dar las gracias”, cuya lectura se recomienda, preferiblemente antes de leer la presente publicación.

Tengo que reconocer que, en principio, esta publicación no estaba prevista; pero una usuaria de Facebook que leyó la entrada “Dar las gracias” me dio la idea. Aunque no menciono su nombre (por cuestiones de privacidad), aprovecho para darle las gracias.

A pesar de tener ya escrito el borrador de la que tenía que ser la publicación de este mes (que publicaré más adelante), no supuso un problema cambiar los planes; más bien al contrario, me gustó que la idea surgiera de una lectora. Esto demuestra que las sugerencias son bienvenidas en esta web y que toda aportación es de agradecer.

Me pareció una buena idea escribir sobre esta frase a continuación de “Dar las gracias” porque, de alguna manera, suponía cerrar la conversación, dado que suele ser habitual que, cuando una persona da las gracias a otra, esta le responda “de nada”. Pero, aunque esta sea, seguramente, la respuesta más común, no es la única posibilidad. Existen alternativas que, según algunas teorías, serían preferibles.

La Real Academia Española de la Lengua (RAE) define «de nada» como “Expresión que se usa como respuesta cortés cuando a alguien le dan las gracias por algo”. Y también como “Locución adjetiva que expresa escasa importancia o valor”. Precisamente en esta definición radica el quid de la cuestión, concretamente en las palabras “escasa importancia o valor”.

La mayoría de posibles respuestas a la palabra “gracias” forman parte de uno de los siguientes dos grupos:

  • Respuestas clásicas o que tienden a restar importancia a la acción realizada. Algunas de las más habituales serían: De nada, a ti/a usted, no es nada/no ha sido nada, solo faltaría, no te preocupes, no se merecen…
  • Respuestas más positivas o que no quitan valor a la acción llevada a cabo. Se podrían emplear frases como: Gracias a ti/a usted, ha sido un placer, con mucho gusto, me ha gustado hacerlo, lo he hecho de corazón, agradezco tu agradecimiento…

¿Qué diferencia hay entre los dos grupos? Según algunas corrientes de desarrollo personal, cuando una persona te da las gracias se tendría que evitar responder alguna de las frases que forman parte del primer grupo. Alegan que si se responde “de nada” (por ejemplo), se está desaprovechando una energía muy poderosa, la de la gratitud. El poder del agradecimiento y el valor de la acción que lo ha provocado, no se deberían despreciar. Pronunciar “de nada” es como decir “no he hecho nada”, quita valor a aquello que se ha hecho y deja que se pierda toda la energía creada por el agradecimiento. En cambio, las respuestas del segundo grupo producen un efecto multiplicador de la energía positiva del agradecimiento.

Además, las respuestas del primer grupo son mecánicas, se pronuncian de manera automática, sin pensar, y esto hace que la persona no tome conciencia de lo que ha tenido lugar, de la fuerza positiva de aquel agradecimiento.

Normalmente, lo que se agradece es un favor recibido, una ayuda, un gesto, un apoyo tácito o implícito, un comentario, una crítica constructiva, unas palabras amables… Tal como se comentó en la publicación “Dar las gracias”, siempre resulta agradable recibir gratitud por alguna acción que se ha llevado a cabo. Del mismo modo, también resultaría preferible que nosotros mismos valorásemos aquello que hemos hecho. No se trataría de una cuestión de chulería o de darse importancia. Tampoco tendría que ver con una subida de autoestima por el hecho de saber que se ha realizado algo correctamente, tal vez la “buena obra del día”. Estaría más relacionado con el hecho de que si no lo valoramos y respondemos un simple “de nada”, se podría interpretar que se está despreciando el agradecimiento. Esta podría ser una interpretación de lo que en desarrollo personal se describe como una pérdida de la energía del agradecimiento.

No hace falta decir que cada persona es libre de responder de la manera que desee a cualquier muestra de agradecimiento. Incluso, puede no responder. Cada persona puede hacer lo que quiera con esta “energía” que se supone que se desprende de la gratitud. Se puede aprovechar o se puede dejar perder. Aunque, si tenemos que hacer caso de lo que postuló Antoine-Laurent de Lavoisier (1743-1794, químico, biólogo y economista francés, considerado como el “padre de la química moderna”), “la energía ni se crea ni se destruye, se transforma”. Se trata del primer principio de la termodinámica, conocido como “Ley de Lavoisier”.


Lee y conducirás, no leas y serás conducido”.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582). Religiosa, mística y escritora española.


¿Te ha parecido interesante esta Reflexión?

A partir de ahora, ¿intentarás emplear las respuestas del segundo grupo?

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Dar las gracias

El hecho de dar las gracias puede ser tan solo una expresión pronunciada de manera automática (casi sin pensar) o puede ser algo más.

La intención de esta publicación es exponer una serie de ideas, para fomentar la reflexión sobre esta cuestión.

Hace algunos días, leí en Twitter un hilo que tenía como eje vertebrador el tema de la gratitud. Lo había iniciado una persona que se dedica a confeccionar recursos pedagógicos. Comentaba que recibía muchas peticiones de personas que deseaban tener aquellos recursos para ponerlos en práctica en el aula. Algunas personas los solicitaban de manera respetuosa, educada; pero existía un segmento (no sé qué porcentaje) que cuando los pedían casi le exigían.

La persona que generaba aquellas herramientas se quejaba de que, a veces, después de enviar el recurso o recursos solicitados no recibía ninguna comunicación más, es decir, que ni siquiera le daban las gracias, no mostraban ningún tipo de agradecimiento. Y esto que los enviaba de manera gratuita.

Esta queja me hizo reflexionar sobre la situación actual de los agradecimientos, es decir, sobre el hecho de dar las gracias. Pero, antes de continuar, sería bueno tener presente el significado exacto de esta expresión.

Según la Real Academia Española de la Lengua (RAE), dar las gracias (a alguien) significa manifestar el agradecimiento por el beneficio recibido. En el supuesto que comento, serían los recursos pedagógicos.

Pero el quid de la cuestión, lo que más dudas ocasionaba a quien creaba y remitía a los recursos, era saber por qué algunas personas no se lo agradecían.

Seguro que no existe una sola causa, sino que se trata de un conjunto de razones.

En primer lugar, siendo benévolos, se podría pensar que, una vez obtenido el recurso, aquellas personas se han olvidado de agradecérselo. Sencillamente, se han despistado. Tal vez, se han quedado mirando las musarañas (aprovecho para recomendar la lectura de la publicación que trataba esta cuestión: «Mirar las musarañas»).

Cuando navegas por internet, nunca sabes adónde irás a parar. No sé si le sucede a todo el mundo, pero a mí me pasa bastante. Empiezo mirando o buscando algo que me interesa, de allí voy a otra página, después salto a otra cuestión… Y así de manera sucesiva hasta que, al cabo de un rato, de manera casi inexorable, acabo visionando un vídeo de gatos que hacen tonterías. Entonces, es cuando me pregunto: “Pero ¿cómo he llegado hasta aquí?”.

Esta posibilidad explicaría y justificaría la carencia de agradecimiento en respuesta al envío de los recursos.

En segundo lugar, existe la opción que no se lo hayan agradecido por una razón psicológica que, en mayor o menor medida, afecta a los seres humanos; la hipótesis que afirma que no se acostumbra a valorar aquello que se ha obtenido de manera gratuita. Esta opción también explicaría, pero no sé si justificaría, la carencia de agradecimiento.

En tercer lugar, se podría pensar que no se trata de un desprecio hacia la tarea del creador de los recursos, ni de un despiste, sino que las redes sociales, al tratarse de conversaciones o intercambios cortos y rápidos, tienden a obviar el agradecimiento u otras cuestiones que, quizás, ya se considerarían implícitas. Esto vendría a decir que el hecho de no mostrar de manera explícita el agradecimiento no tiene que significar, obligatoriamente, que aquellas personas no le estén agradecidas.

En cuarto lugar, quizás aquellas personas forman parte de un grupo que tiene como una de las reglas fundamentales de comportamiento el hecho de tener prohibido expresar agradecimiento.

Podrían existir otras opciones, pero la mayoría resultarían menos agradables o simpáticas que las mencionadas hasta el momento.

Otra cuestión, relacionada con la anterior aunque totalmente diferenciada, sería si es lógico que aquella persona estuviera esperando las muestras de agradecimiento.

No hay duda que recibir gratitud por algo que hemos hecho siempre resulta agradable, nos hace sentir bien y, incluso, nos puede estimular a continuar adelante. Pero seguro que hay quién nos aconsejaría que no tenemos que contar necesariamente con aquel agradecimiento. Sobre todo, no tenemos que depender de él. ¿Por qué? Pues porque si siempre estamos pendiente de las muestras de gratitud de otras personas, estaremos en alto grado expuestos a la frustración, cuando estas muestras no hagan acto de presencia. Respecto a esto, el conocido Dale Carnegie (escritor, psicólogo, orador…) expresó: “Esperar gratitud de la gente es desconocer la naturaleza humana”. Según parece, como mínimo en este asunto, no tenía en muy buena consideración a los seres humanos.

Así pues, ¿no tenemos que hacer favores a nadie? Tampoco habría que llegar a este extremo.

Quizás lo mejor sería, cuando hagamos un favor, no acostumbrarnos a esperar una muestra de agradecimiento. Otra cosa, muy diferente, es que sea fácil de hacer o de pensar.

Todo el mundo puede recordar alguna ocasión en qué hizo un favor y no recibió la gratitud que había previsto recibir. ¿Significa esto que aquella persona era una desagradecida? Quizás sí, dado que este tipo de personas también existen; pero no forzosamente tiene que ser así. Tal vez, aquella persona no nos lo agradeció en aquel mismo momento, pero un tiempo más tarde nos hizo un favor o nos ayudó en alguna otra cuestión. Y esta ayuda, de alguna manera, vendría a compensar nuestro anterior favor.

Hay quién pensará que si aquello lo hacemos con convicción, no es necesario esperar la gratitud. Si llega, nos hará ilusión, está claro; pero si no llega, tampoco nos tenemos que frustrar, sino que nos tiene que reconfortar la sensación de haber hecho lo que queríamos hacer y nos parecía que había que hacer. Lo primero es estar bien con un mismo.

Sin embargo, no está de más mostrar agradecimiento. Por lo que tengo entendido, no hace daño a nadie ni cuesta mucho esfuerzo.

Para finalizar, habría que pensar si en la actualidad se da las gracias de igual manera que hace unos años o si, por el contrario, ya no se acostumbran a hacer tantas muestras de agradecimiento. ¿Podría tener esto algo que ver con la situación comentada de Twitter? Supongo que habría opiniones para todos los gustos.

Esta publicación tiene una continuación (o respuesta) en “De nada”.


En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle sentido a la existencia”.

Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616). Novelista, poeta y dramaturgo español.


¿Qué te ha parecido esta publicación?

¿Eres de la opinión que no hay que dar las gracias demasiado a menudo?

¿Piensas que actualmente se da menos las gracias?

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Mirar las musarañas

Esta expresión significa estar absorto en pensamientos sin utilidad o estar distraído de aquello que de verdad importa; cuando menos, esta es la definición más habitual.

Las musarañas

El vocablo “musaraña” procede del latín mus araneus (algo así como “ratón aracnoideo” o “ratón araña”). Pero ¿qué son las musarañas? Por su nombre, se podría llegar a pensar que deben tener alguna relación con los arácnidos. Pues nada más lejos de la realidad.

Las musarañas son pequeños mamíferos que se caracterizan por los ojos pequeños y un largo hocico con bigotes muy sensibles. Son similares a los ratones, pero están emparentadas con los topos. Y en el mundo existen más de 250 especies de musarañas.

La musaraña común mide entre 5,4 y 8,45 cm, a los cuales hay que añadir la cola, de entre 2,8 y 5 cm. El peso puede ir desde los 4,7 hasta los 12 gramos.

Son los mamíferos más activos que hay, con un metabolismo de ritmo frenético, dado que el corazón les late unas 800 veces por minuto. Mantener un metabolismo que quema calorías desesperadamente las obliga a comer a todas horas (ingieren el equivalente a su propio peso en insectos diariamente) porque si pasan más de cuatro horas sin comer, pueden llegar a morir.

Musaraña

Origen de la expresión

El origen de la expresión idiomática es incierto, así que existen varias teorías al respecto.

Parece que se podría haber originado cuando algunos labradores que estaban trabajando el campo se distraían, viendo como las musarañas salían de bajo tierra hacia el exterior. Entonces, se les decía que estaban (literalmente) mirando las musarañas y, por lo tanto, estaban perdiendo el tiempo en vez de trabajar, dado que las musarañas no tienen una actividad útil o importante, así que su presencia en el campo se considera intrascendente. Con el tiempo, el uso de esta expresión se ha generalizado en otros ámbitos y se aplica a todo el mundo que está absorto en pensamientos sin importancia, sin hacer nada de provecho. Al ser unas criaturas pequeñas, se puede pensar que la expresión hace referencia al hecho que pensar en las musarañas quiere decir pensar en cosas pequeñas, sin importancia, en vez de pensar en cosas más significativas.

En la actualidad, parece que se usa más la expresión “pensar en las musarañas”. Pero a mí me gusta más la forma “mirar las musarañas”. Esta forma se empleaba más antiguamente, incluso aparece en obras como “Don Quijote”, de Cervantes o “Cuento de cuentos”, de Quevedo, por poner dos ejemplos.

“El Quijote”, de Cervantes – Fragmento Parte II – Capítulo XXXIII

Numerosos lingüistas han buscado el origen de esta frase hecha y algún lexicógrafo señala que la expresión “pensar en las musarañas” sería relativamente moderna y podría utilizarse para aquellas personas que están pensando en las musas, dado que fonéticamente musaraña y musa son parecidas. Es evidente que cuando una persona espera la inspiración parece estar distraída.

Otra acepción de musaraña es “especie de pequeña nube que se suele poner ante los ojos”, como una especie de nube que imaginamos en el aire.

Reflexión personal

Debo confesar que cuando era pequeño me había oído decir, en más de una ocasión, esta frase (me parece que en la forma “mirar las musarañas”). Entonces, no me las imaginaba de ninguna forma en concreto, pero pensaba que debían tener alguna relación con los arácnidos, sobre todo por el nombre. No fue hasta un tiempo más tarde que busqué la palabra musaraña en una enciclopedia (en aquella época todavía no era común el uso de internet y las enciclopedias eran herramientas muy útiles, no solo servían para coger polvo) y descubrí cómo eran en realidad.

Cuando de pequeño las miraba, no recuerdo qué pensaba, pero tengo una teoría al respeto. No me gusta pensar que solo estaba distraído, sin un motivo de peso, sin un objetivo. Me niego a aceptar que estaba pensando en nimiedades. Quiero pensar (me gusta pensarlo) que desde pequeño lo que estaba haciendo era dejar volar la imaginación, es decir, que debía de imaginar historias diversas, como las que integran esta web. Debía de interaccionar (mentalmente, está claro) con las musas que ya empezaban a alimentar mi imaginación.

Desde entonces, de alguna manera, me he sentido unido a estas criaturas pequeñas, inocentes, frágiles, pero, a la vez, quizás inspiradoras.

Curiosidades

En algunos países de América (Chile, Cuba, El Salvador, Honduras, República Dominicana…) “hacer musarañas” significa hacer gestos con la cara, hacer muecas. Y en ciertas zonas, específicamente, son los gestos que se hacen antes de echarse a llorar (hacer pucheros).

No puedo finalizar esta publicación sin nombrar que el 19 de junio es el Día Mundial de la Musaraña, que se originó y estableció en 1996 en una comunidad de Jalisco, México, donde se venera a la musaraña como símbolo de buen augurio y abundancia en todos los aspectos de la vida.


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Leemos en la cama porque la lectura está a medio camino entre la vida y el sueño”.

Anna Quindlen, autora, periodista y columnista de opinión estadounidense.